martes, 18 de febrero de 2014

Epílogo: Y la sentencia es...



Ocho meses después


Corte Permanente de Justicia Internacional en
La Haya, Países Bajos





    - Y eso es todo lo que pasó. Todo por lo que me tuve que enfrentar para averiguar la verdad, no sólo sobre mi persona, si no para hallar verdad sobre todo mis compañeros de la agencia. Todos hemos sido engañados, creyendo que salvaguardábamos la seguridad global. Por ello exijo que se este tribunal no los sanciones y les permita trabajar en agencias reales, de las cuales muchos de ellos ya han tenido noticias. En cuanto a mi... durante mi búsqueda de la verdad quebranté varias leyes, y aunque Olga, jefa del S.I.D., confesó, debido a la muerte de Jack no se puede confirmar al cien por cien que yo no cometí los atentados tan sangrientos de hace casi nueve meses.
  'Sea como fuere, me gustaría que este tribunal y este jurado tuviesen en cuenta que fui engañado, se me quitó la identidad y de que... en unos meses voy a ser padre. Con esto no busco su perdón, ni tan siquiera su comprensión. Solamente busco que se haga justicia, sea cual sea su precio.
    - ¿Desea el acusado añadir algo más?
    - No señoría.
    - Está bien. Se procederá ha hacer un receso de hora y media, en el que el jurado se retirará a deliberar.

"Aleluya. Necesito algo de aire fresco. Lo malo son todos estos guardias. ¿Pero no se dan cuenta de que no quiero escapar? Si esa fuese mi intención sería fácil librarse de estos agentes. Ahh, aire fresco, y un poco de sol. Que bien sienta."

    - ¡Axel! ¿Cómo estás?
    - Diana, cielo. Bien, bien. Algo cansado.
    - Es que no has parado de hablar en casi las ocho horas que te llevan tomando declaración.
    - Quiero que se sepa toda la verdad, lleve el tiempo que lleve.¿Y los demás?
     - En sus casas. Si solamente nos dejaban a uno sólo acompañarte. Pero tranquilo que lo están viendo por la tele. Si esto parece  una final de fútbol o algo así con tanta prensa.
    - Echaba de menos tus bromas.¿Cómo sigue nuestro pequeño?
    - Querrás decir nuestra pequeña.
    - ¿De verdad? No sabes lo contento que me pones cielo. Siento no haber estado contigo. Pero me tenían en prisión preventiva.
    - No te preocupes por eso. Piensa que estos dos meses de prisión luego te lo descontarán. ¿Qué tal la experiencia?
    - Bien. Sobreviviré si al final me encarcelan. Ven y dame un beso por si acaso luego no puedes.

"Como echaba de menos tu risa cielo. Y tu forma de besar. Aún no me creo que vayamos a ser padres. Que ganas tengo de ser papá. ¿Seré buen padre? Bah, tiempo al tiempo. A ver si tenemos suerte y me dejan libre. Bueno, al menos se que sobreviviré en la cárcel, pero me perderé muchísimas cosas. ¿Y si huyo? Noruega, Dinamarca, Suiza. Son buenos países para criar a nuestra hija. Y montándonoslo bien podríamos empezar desde cero..."

    - Siento interrumpirles, pero el jurado ya ha tomado una decisión. Señorita, me temo que ya ha de apartarse  de nuestro culpable.
    - Está bien. Cielo, ánimo. Te quiero pase lo que pase.
    - Tranquila Diana, saldremos de está. De una forma u otra. Confía en mi.

" ¿Soy yo o ahora están entrando más medios a la sala? Que se le va hacer. Es que es ahora cuando se decide todo."

    - Orden en la sala por favor. Terminen de colocarse en silencio.
    - Queda reanudada la sesión.
    - Gracias. ¿Podría el representante del jurado transmitirnos su decisión?
    - Nosotros, miembros del jurado, en base a las pruebas y testimonios ofrecidos por varios cuerpos de policía y por el acusado, consideramos a Axel Beltran...

Capitulo 17: La responsable Nº1

    - Señor. Despierte. Estamos a punto de aterrizar.

Me desperté algo desorientado a causa de "jet lag". Me desperecé y pagué al piloto la mitad de lo que prometí, ya que le iba a necesitar para el viaje de vuelta, sí es que había uno.
Al salir del avión la luz del sol me cegó unos segundos. Cuando conseguí ver de nuevo pude observar que la pista del aeropuerto estaba junto a un inmenso y calmado mar. Inspiré profundamente, disfrutando del peculiar olor del mar y tras coger un coche que había allí para atravesar la pista me dirigí hacia la salida de la pista. Una vez pasada la aduana con uno de los poco pasaportes falsos que me quedaban salí de allí.
De repente empezó a sonar el móvil de Francisco, el cuál se había dejado en el jet antes de su "pequeño traspiés". Miré la pantalla y vi que el número estaba oculto. Aún así contesté.

    - ¿Cómo es que no me has dicho nada de tu visita sorpresa Francisco? - Dijo Jack al otro lado. - Y encima vas y te equivocas de aeropuerto y de isla. Espero que sea importante.
    - Me temo que Francisco no se puede poner en estos momentos, - contesté. - Pero estate seguro de que es importante.
    - ¿Axel? - Comenzó a reírse. - ¡Bienvenido a mi hogar! Espero que no le hayas echo mucho daño a Francisco para que te trajese aquí.
    - Ahora estará con suerte en las redes de algún pescador del Atlántico.
    - ¿Lo has matado? No me lo creo, - continuó riendo. - Te estas volviendo un chico malo. Ya te dije que seríamos muy buenos amigos.
    - ¡Cállate! Dime por qué has tenido que involucrar a mi novia.
    - Bueno... la mía estaba involucrada.
    - Pero la mía no quería. Escuchame pedazo de m...
    - ¡Eh! No te sulfures Axel. ¿Por qué no te vas al Intercontinental Resort, te pides algo y te relajas un poco en su playa? Seguro que estas cansado por el viaje.
    - Tengo una idea mejor: voy a ir a tu casa, te voy a arrestar tras darte una paliza y me voy a tomar algo con Diana en tu yate.

Antes de que pudiese contestar, finalicé la llamada. Compré pequeña guía sobre la Polinesia Francesa que vendían en un quiosco para turistas y me senté en un banco. Busqué el apartado de archipiélagos y me quedé a cuadros. Había nada más y nada menos que cinco conjunto de islas, que estaban en una extensión de océano equivalente a Europa. Jack había dicho que estaba en la isla equivocada, pero no cual era la correcta. También había dejado caer que la isla en la que estaba tenía que tener un aeropuerto, pero era un dato inútil, ya que eso me daba cincuenta islas en las que buscar.
Estuve un buen rato mirando los mapas de la guía, hasta que al final me rendí. Cogí un taxi y me dirigí al hotel que Jack había mencionado. Necesitaba una copa y despejar la mente. Pregunté en recepción por el bar y me mandaron a uno que estaba junto a una piscina, con vistas al mar. Pedí un cóctel de la lista que había encima de la camarera y cuando me lo trajo me relajé. Dejé la mente en blanco y disfruté de la copa en aquel idílico lugar. Extrañé muchísimo a Diana. Siempre habíamos fantaseado con un lugar perfecto para ir de vacaciones, y aquel era sin duda un gran candidato.
Estaba a punto de terminarme una segunda copa cuando de repente me fijé en algo. A lo lejos se veía una isla, que estaría a unos quince, veinte kilómetros de distancia.

    - Disculpe, - le dije a la camarera.
    - ¿Otro cóctel señor?
    - No gracias. ¿Sabe cuál es el nombre de aquella isla?
    - Claro. Es la isla Mo'oera.
    - ¿Y cómo puedo llegar hasta ella?
    - Puede coger o un helicóptero en el aeropuerto o uno de los ferris.
    - Creo que viajaré en helicóptero. ¿Allí hay algún aeródromo o helipuerto donde aterrizar?
    - Claro. Hay un pequeño aeropuerto que le servirá.
    - Muchas gracias. Una cosa más.
    - Usted dirá señor.
    - ¿Puedo cargar las bebidas a alguna cuenta?
    - Solo si es usted cliente habitual. Dígame su nombre.
    - Jack Hoffman.
    - Déjeme ver... ¡Ah sí! Aquí esta. Que disfrute del día señor Hoffman.
    - No lo dude, - dije con una sonrisa algo perturbadora.

Mientras caminaba hacia el exterior del hotel fui hilando datos. Estaba en la isla errónea, pero Jack conocía el hotel, hotel en el que tenía una cuenta para cargar servicios; la isla en la que se encontraba debía tener un aeropuerto, y aquella que había visto lo tenía; incluso tenía unos ferris, por lo que cambiar de isla no era un problema. Además, Francisco me dijo que creía que era Tahiti, un error por su parte si Jack, tal y como empezaba a pensar, frecuentaba Mo'orea y Tahiti.
Regresé al aeropuerto para viajar a bordo de un helicóptero de los que se alquilaban a los turistas para viajes panorámicos. Tuve que convencer al dueño de la empresa con algo de dinero para que me dejase pilotar uno de ellos para viajar y no para hacer turismo, siempre que se lo devolviese en un plazo de dos días.
Una vez en el aire, aproveché para obtener una vista panorámica de varias zonas de interés para mi: algunos puertos y dos pequeñas bahías, en busca del yate de Jack. Finalmente observé varios yates que coincidían con el de Jack en una de las bahías, la de Cook. Piloté hasta el pequeño aeropuerto de la isla y aterricé. Cuando salí del aeropuerto el móvil volvió a sonar.

    - Veo que al final sí que seguiste mi consejo.
    - Sí, lo que me recuerda que te tengo que agradecer el que vayas a pagar mis copas.
    - ¿En serio has...? Vaya, - dijo Jack riéndose. - Voy a tener que cambiar la política de pago del bar.
    - Así que eres el dueño... Por eso sabías que estaba allí, - comenté. -Me has visto en alguna cámara, ¿no?
    - Muy bien Axel. Por cierto, ¿Dónde estás? Mis chicos no te encuentran.
    - En la isla correcta.

Colgué. A los dos segundo Jack intentó volver a hablar conmigo, pero deje que sonase el móvil. Decidí "tomar prestada" una moto que encontré en el aparcamiento y me escondí en un lugar apartado a esperar a los matones de Jack, que me llevarían directo a él y a Diana. A los veinte minutos por fin aparecieron y, tal como había pensado, en cuanto se pusieron en marcha los seguí.
El recorrido hasta la bahía transcurrió entre el mar, la montaña y algunas casas. Conforme nos acercamos a nuestro destino el número de casas fue aumentando. A pesar de ello, en cuanto entramos en la bahía el número de casas volvió a descender. Aquel paisaje mostraba algunas casas de gente con bastante dinero. Algunas de aquellas casas incluso tenían embarcadero propio. En una de estas casas fue donde pararon los matones de Jack. Sin detenerme, me fije en cada detalle de la casa y proseguí por la carretera para no levantar sospechas. Continué hasta parar al otro lado de la bahía. Aparqué la moto en el arcén y me dediqué a fingir que me relajaba a orillas del mar, observando cada movimiento que se producía fuera de la casa y el yate. Al cabo de media hora observé que Jack solamente tenía cinco hombres vigilando, siendo tres de ellos los mismos que yo había seguido antes.
Una vez más el teléfono volvió a sonar.

    - ¿Qué pasa Jack? ¿Es qué te estas poniendo nervioso?
    - ¿Axel...?
    - ... ¿Diana? - Dije en un susurro. - ¿Dónde estas cielo?
    - Creo que un barco, pero no estoy segura...
    - Bueno ya esta bien la conversación de los dos tortolitos, - la interrumpió Jack quitándole el teléfono. - ¡Alejandro! Veo que te has quedado sin habla. A ver, hagamos un trato: vienes a mi casa, entras por la puerta principal, yo te doy a tu chica y os podéis quedar a vivir en Tahiti o junto a mi. Aunque si eres listo sabrás que por vivir me refiero a morir. Es una buena oferta. Ambos morís juntos y a la vez, sin tener que sufrir. La otra opción es que uno de los dos muera antes que el otro. ¿Qué me dices?

Estuve contemplando en silencio el barco. Finalmente me reí como si me hubiesen contado un chiste.

    - Ahora en serio Jack. No sé como lo verás tu, pero yo lo único que veo es que el único que esta en disposición de pactar las normas soy yo, y son las que ya te dije antes. Ponte cómodo, porque voy ya a por ti.

Sin colgar ni escuchar su contestación, tiré el móvil a la bahía y a continuación fui yo el que se tiró. Nadé a braza, lentamente, unos quinientos o seiscientos metros. Cuando estuve bastante cerca del yate empecé a bucear, volviendo a salir a la superficie cuando alcancé el casco del barco. Lo rodeé hasta llegar al embarcadero. Al principio de la pasarela de embarque uno de los guardias se había puesto a hacer vigilancia. Permanecí justo debajo de él un minuto hasta que pensé en como librarme de él sin hacer mucho ruido. Me sumergí y me coloque debajo del embarcadero. Con una mano empecé a agitar el agua sin llegar a sacarla, provocando un poco de ruido, como si un pez estuviese sacudiendo su cola. Seguí hasta que escuché como el guardia caminaba hacia mi y se paraba a ver que estaba pasando. Sin darle a penas tiempo salí del agua sin hacer apenas ruido y le agarré del cuello hasta que lo deje inconsciente. A continuación lo arrastré hasta la cubierta, en donde le até a uno de los cabos de amarre.
Con sigilo me dirigí al puente tras desatar los amarres y arranqué el yate. Giré toda a estribor hasta que me separé del embarcadero y encaré la salida de la bahía.

    - No te muevas, - me dijo una voz femenina.
    - Que de tiempo Liudmila, - respondí mientras me giraba, encontrándome con el cañón de una pistola entre ceja y ceja. - ¿Qué pasa? ¿Jack no tiene valor de venir a verme y te envía a ti?
    - ¡Cállate o te mato!
    - Ya...

Era la típica situación que te enseñan en una academia policial o incluso en clases de defensa personal. Con un movimiento rápido me giré y agarré con un brazo la pistola, mientras que usaba el otro para golpear a Liudmila y apartarla. A continuación le lancé la pistola a la cara, provocandole una pequeña herida. Desenfundé mi arma y cogiendo a la chica del cuello le ordené que me llevase junto a Jack. Me condujo por la cubierta hasta la parte trasera, entrando así a lo que parecía ser un salón, en donde vi como Jack estaba encañonando a Diana.

    - ¡Axel! Me alegro de ver que has tenido la misma idea que...

No pudo acabar porque le disparé a la mano con la que sujetaba el arma.

    - Como te dije no estas en disposición de negociar nada conmigo. Ya me has tocado bastante la moral.
    - Pero no te pongas así hombre. Si quieres comparto contigo las ganancias, después de todo eres tu el que has dado la cara por mi actos.
    - Muy gracioso. Pero tu, tu novia, la mía y yo nos volvemos a casa, a que se imponga justicia.
    - Tu no lo entiendes, - me dijo Liudmila. - Eso es imposible.
    - ¿A qué te refieres?

Lidumila miro a Jack, quien le negó con la cabeza.

    - Cielo, esto ha ido demasiado lejos. Tenemos que decirle la verdad.
    - Sabes lo que nos pasará si lo hacemos, - le contestó Jack advirtiéndola.
    - Sabes que no sería capaz de matar a su propia hija. Alejandro, - dijo dirigiéndose nuevamente a mi. - Nosotros solamente somos los número dos de esta operación. La número uno...

Y de repente volví a revivir uno de los días más difíciles de mi vida. Al igual que con Dmitry, vi como una bala atravesaba la cabeza de Liudmila justo antes de que pudiese confesar para quien trabajaba. Cuando aún estaba contemplando el cuerpo de Liudmila, escuché como el gritó de dolor de Jack era silenciado. Me giré para comprobar lo que había pasado y solo pude ver el cuerpo de Jack en el suelo. Con horror miré a Diana, quien amordazaba estaba llorando. Me acerqué a ella para liberarla y calmarla pero me tuve que detener. De entre las sombras de uno de los pasillos que iban al resto del yate apareció primero una pistola con silenciador y a continuación la autora de los disparos.

    - Esto no puede ser verdad, - dije con horror.
    - Pues me temo que sí, - me contesto mi jefa mientras encañonaba a Diana. - Y como vea que mueves el brazo con el que sujetas la pistola tu chica muere.
    - ¿Siempre ha sido usted? - Pregunté perplejo. - ¿También mató a Dmitry?
    - Ese ruso sabía lo que le pasaría si me delataba, al igual que mi hija, - respondió mirando con despreció el cadáver de Liudmila.
    - ¡¿Liudmila era su hija?!
    - Sí. Su padre era ruso, y amigo de Dmitry y otras personas que te ordené detener, y que ahora están muertas o como si lo estuviesen.
    - Eso quiere decir que el S.I.D. es una farsa. Que todos están engañados creyendo que hacen el bien.
    - Bueno no todos. Algunos altos cargos sabían cual era el verdadero propósito de la agencia. Algunos de ellos son ex-agentes de la C.I.A y otros organismos de inteligencia con desencuentros con sus respectivos gobiernos.
    - Así que todo se reduce a la venganza.
    - Al menos por su parte. Yo, señor Beltrán, me dedico a robar las fortunas de los capos a los que vosotros detenéis.
    - ¿Entonces si durante todos estos años has robado la fortuna de todos esos criminales, por qué extorsionar a los gobiernos del mundo?
    - Para que mis altos cargos, como te he dicho antes, sacien su sed de venganza y para que no me delaten. Teniendo ellos dinero y venganza, yo sigo teniendo anonimato.
    - ¿Te importaría explicarme una cosa más?
    - ¿Quieres que te diga como me fijaba en la gente adecuada?

Sin dejar de mirarla asentí con la cabeza.

    - Tenemos contactos en varias agencias de inteligencia que hacían el trabajo de buscar y hacer un seguimiento a posibles candidatos. Cuando encuentran a alguien nosotros nos adelantábamos y bueno... el resto ya lo sabes. Y por si te lo preguntas, a ti te querían en la Interpol, para hacer lo que has echo conmigo, pero legalmente claro, - dijo con una sonrisa.
    - Deja que me vaya con mi prometida por favor. Dmitry y Liudmila han muerto por querer delatarte. Yo te aseguro de que no lo haré, - dije desesperado al ver que mi jefa no dejaba de encañonar a Diana. - O al menos deje que ella se vaya. En ninguno de los dos casos la delataremos, y ni siquiera le costará dinero.
    - ¿Dinero? - Exclamó ella con una carcajada. - Me sobra el dinero. Podría comprarme un país pequeño como San Marino por ejemplo. Mira, desde que empezaste a escarbar en este asunto con lo de Irlanda, has estado en mi punto de mira. Yo ordené a Jack que te inculpase con una careta de látex para que no descubrieras más. Pero tu tenías que seguir investigando e indagando, - prosiguió ella apretando la pistola contra la cabeza de Diana.
    - Por favor, déjala en paz.
    - ¿Qué la deje en paz? No Alejandro. Me temo que no es posible. Cuando te secuestraron en Mónaco, tu novia no tuvo otra cosa que hacer que investigar por su cuenta la tapadera de mi hija. Y debe de habersele pegado algo de ti, porque averiguó quien era en realidad y quien le había proporcionado el dinero para montar la empresa fantasma de seguridad. Y cuando vino a mi en busca de explicaciones no tuve más remedio que secuestrarla. Esta tan involucrada como tu. Pero antes de matarla a ella primero y luego a ti, dejaré que te despidas de ella.

Mi jefa le quitó la mordaza a Diana para que pudiese hablar.
Todo estaba perdido. Ella era la principal responsable de todos los atentados que se habían cometido hace unos días, de centenares de robos millonarios, y había matado sin pestañear incluso a su propia hija.

    - Diana... perdóname por no haberte podido salvar, - dije entre lágrimas y de rodillas, sin dejar de mirarla a los ojos.
    - Todo va a salir bien Axel, - dijo ella con mucho nerviosismo y sollozando.
 
Mi jefa me miró a los ojos mientras esbozaba una gran sonrisa. Pero de repente Diana levantó un poco la silla inclinándose hacia delante y girando hacia mi jefa la golpeó con las patas y parte del respaldo, desequilibrandola, cayendo ambas al suelo.

    - ¡Ahora Axel! - me gritó Diana.

No se como, pero actué rápidamente y con la culata de mi arma noqueé a mi jefa, dejándola inconsciente. Mire su cuerpo inmóvil y luego miré a Diana, que seguía atada a la silla. Me apresuré a desatarla y ponerla en pie mientras nos abrazábamos fuertemente entre sollozos. Al fin estaba a salvo.
Nos aseguramos de atar de pies y manos a Olga, el nombre de mi jefa que Diana averiguó en su momento, y pusimos rumbo hacia el puerto de Tahiti. Durante el viaje Diana y yo hablamos de todo lo que teníamos que hablar y no habíamos podido hacer por diferentes motivos. Una vez en nuestro destino nos reunimos con el piloto del jet de Francisco y pusimos rumbo a La Haya, para poder poner fin a todo lo que acabábamos de vivir.

domingo, 9 de febrero de 2014

Capitulo 16: Uniendo cabos

    - A ver si lo he entendido. ¿Esperas que crea que de verdad eres inocente por el mero echo de que el color de tus ojos no es el mismo que el que aparece en el vídeo?
    - Básicamente, - le contesté a Dom. - Además, Sam me cree.
Dom miró a Sam en busca de alguna respuesta, pero no obtuvo más que silencio y una simple mueca. El ruido de la cafetería era lo único que rompía nuestro silencio. Por suerte, nadie en el local pudo reconocerme gracias a unas gafas y una barba postiza que llevaba puestas.
    - De acuerdo, - dijo finalmente Dom. - Suponiendo que digas la verdad, ¿por qué has fingido tu muerte y luego la has desmentido? ¿Y por qué, tras desmentirla, te reúnes conmigo para volver a hacerlo y además decir que eres inocente?
    - ¿Qué? - Pregunté sorprendiendo.
    - ¿A qué narices te refieres con eso de que "vuelve a desmentir su muerte"? - Dijo Sam extrañada.
    - Hace unas horas, - comenzó a explicarnos Dom, - las emisiones de varias cadenas de televisión han sido pirateadas, supuestamente por ti, - dijo señalándome.
    - Hace unas horas Axel y yo estábamos en la carretera. Seguro que si compruebas las cámaras de tráfico y la de peajes nos verás a ambos.
    - Muy bien, eso haré.
A continuación, Dom sacó de su bandolera su portátil. Durante los diez minutos que se pasó observando la pantalla, yo aproveché para pedirme un cappuccino, mientras que Sam pidió un té de los que había en la carta. Para cuando la camarera nos trajo nuestras bebidas, Dom había podido comprobar que le estábamos contando la verdad. Al igual que Sam hizo en su momento, Dom me pidió perdón una y otra vez y nos pusimos al día de camino al piso de Dom, en donde cenamos y pasamos la noche.
Al día siguiente, tras el almuerzo, Dom y Sam trajeron del aeropuerto a Roberto. Durante el trayecto Roberto pudo enterarse de la realidad de mi situación y en cuanto me vio, me dio un gran abrazo mientras se disculpaba y me explicaba como estaban yendo las reparaciones de mi coche.
    - Chicos, tengo que decir que me siento muy reconfortado con todo vuestro apoyo, - les dije cuando nos preparábamos para cenar. - Pero mañana continuaré solo.
    - ¿Qué? - Exclamó Sam.
    - Lo sé, lo sé. Pero no quiero que piensen que estáis ayudando a un terrorista. Además, tenéis que ir a la agencia. Va a haber una reunión importante por todo este tema.
    - Esta bien, - dijo Roberto. - Pero dime una cosa: ¿cómo piensas arreglártelas sin nosotros? ¿Cuál va a ser tu próximo movimiento?
    - Sabré manejarme, como si no me conocieras. Y bueno, antes de ir a por Jack, tengo que ver a mi prometida. Tenemos una conversación pendiente.
Aquella misma noche me fui sin esperar al día siguiente, sin despedirme. Me las ingenié para poder volar como auxiliar de vuelo desde París a Madrid. Una vez repetí la acción con un vuelo hacia Granada. Fue agotador, pero la verdad es que no me importó. La actividad de la mañana me desveló. Tras pagar a la amable señora de la recepción del hostal, me dirigí a mi piso.
Tal y como cabía esperar, había policía custodiando el edificio. Me senté en una mesa de una de las cafeterías de la plaza y mientras me tomaba el desayuno me puse a vigilar. La esperanza de abordar a Diana en la calle cuando paseara a Nicky desapareció cuando observé que Diana se retrasaba casi media hora en su rutina habitual, lo cual me llamó la atención.
"Hola señor Sánchez. Creo que hoy va a volver antes de lo previsto a casa", pensé cuando vi a uno de mis vecinos atravesar la plaza. Le seguí hasta el parque de Fuentenueva. Una vez allí le alcancé y le "convencí" sin apenas esfuerzo de que volviese a casa y me abriera la puerta del garaje para poder evitar a los policías de la entrada. Increíblemente, y contra todo pronóstico, logré entrar.

    - Prométeme que no le harás nada a mi familia, - dijo cuando llamamos al ascensor.
    - Tranquilo por eso. Ya se que todo lo que has visto de mi en las noticias no es para que lo estés, pero te garantizo de que puedes confiar en mi. Ya verás como dentro de unos días todo se soluciona.

Salí del ascensor dejando al señor Sánchez algo intrigado y me dirigí a mi piso. Como no tenía las llaves, tuve que forzar la puerta. Nada más entrar Nicky me recibió a su manera.

    - ¿Quién es?
    - Supongo que soy la ultima persona a la que esperabas ver, - dije yo entrando al salón.
    - ¡¿Axel?! - Dijo Diana con una cara que más de sorpresa era de espanto.
    - Sí, lo sé... te debo un par de explicaciones.
    - Cállate anda.

De golpe Diana me dio un abrazo. Al principio me sorprendió, pero no tarde en corresponderle el abrazo, rodeándola fuertemente con mis brazos.

    - Te echaba de menos, - dije. - Serán cosas mías, pero... ¿has cambiado de champú?
    - ¿Qué? Serán cosas tuyas cielo. Sigo usando el de siempre.
    - Perdona por no contártelo antes, y por no haberte llamado ni nada.
    - Tranquilo. Lo importante es que estas a salvo, - dijo ella con una gran sonrisa.
    - ¿Y Nicky? ¿Te ha dado muchos problemas?
    - ¿Nicky?
    - Cielo... la perra.
    - ¡Ah! No, no. Se ha portado bien. Como siempre.
    - Ya, - contesté. - Voy a la cocina a picotear algo. ¿Te apetece?
    - No. Estoy bien.
    - ¿Segura? - continué desde la cocina. - Voy a comerme unos filipinos.
    - Bueno vale, pero solo un poco.

Cogí un paquete que ya estaba empezado y volví al salón, en donde Diana me esperaba en un sofá.

    - Oye, he notado que Nicky no se te acerca mucho.
    - Estará cansada o algo cielo. Venga, siéntate y descansa un poco.
    - Esta bien, - dije mientras me sentaba a su lado. - Por cierto, ¿cómo se lo han tomado los demás?
    - Mal. ¿Acaso esperabas otra cosa? - Me respondió mientras empezaba a comer.
    - ¿Y Pedro? ¿Le ha afectado mucho?
    - No cielo. Esta como lo demás.
    - Que curioso.
    - ¿El qué?
    - Que ninguno de mis amigos se llama Pedro, y mira que es un nombre muy común. ¿Dónde esta Diana? - Le pregunté mientras la encañonaba con mi pistola.
    - ¿Pero qué haces? - Dijo ella muy asustada.
    - Déjate de tonterías. ¿Y mi novia?
    - A... Axel... Soy yo...

Acerqué mi mano a su cuello y lo acaricié subiendo desde el hombro. Justo a la mitad note un pequeño desnivel en la piel y tiré de el, quitándole la máscara a la impostora. Resultó ser una mujer a la que nunca antes había visto.

    - ¿Aún me vas a decir que eres Diana?
    - Esta... esta bien. P... Pero deja de...

No sé exactamente que me pasó en aquel momento, pero sin pensármelo le metí el cañón de la pistola en la boca, mientras ella ponía sus ojos como platos.

    - Ni te muevas. Mira, he pasado por mucho para que ahora vengas tu, suplantes a mi novia y encima te quieras reír de mi. ¿Sabes qué es esto? - dije señalando a un lado del arma. - Es el seguro. Sin el podría ocurrir un accidente, y la verdad, no me apetece mucho tener que limpiar el sofá. Vas a hacer lo siguiente, coge despacio tu móvil y escribe quien a secuestrado a Diana y donde esta ella.

La chica no paraba de llorar, pero colaboró. Cuando terminó de escribir me enseño la pantalla.

"Francisco Garzón. Y te juro que no se donde la tienen."

De repente el corazón me dio un vuelco. Ese tal Francisco era el mismo que estaba en la banda de Dmitry Záitsev.

    - ¿Segura?

Asintió mientras temblaba. Le quité el cañón de la boca y empezó a llorar de nuevo.

    - Eh, eh. Para. Necesito que me digas donde esta.
    - No. Seguro q.. que le matas... No voy a dejar que lo mates.
    - Tranquila. No le hice nada hace 4 años y no lo haré ahora. Ahora llévame hasta él. Y verás como no lo mato, ¿vale?

Me miró sin moverse durante unos segundos, hasta que finalmente asistió. Cogí las llaves de mi Audi y nos llevamos a Nicky. Antes de dirigirme a la casa de Francisco, paré un momento para dejar a Nicky en la casa de Mina y Jack. Para no perder mucho tiempo, le dije a mi "rehén" que se volviese a poner la máscara y se inventase una escusa. Me despedí de Nicky y poco después reanudé la marcha.
No tardamos mucho en llegar a nuestro destino. Era una gran casa, justo en lo más alto del barrio de Haza Grande. Aparqué cerca de la entrada principal y llamamos al timbre. Lucía, que era como se llamaba mi "acompañante", se encargó de que nos abrieran. Una vez dentro, Lucía me llevó hasta el salón.

    - ¡Cariño! - exclamó Francisco. - ¿Es qué te aburrías allí?
    - Hombre si la dejas sola en una casa que no es suya, - contesté.

 La cara de Francisco era todo un poema. Su expresión reflejaba horror y sorpresa por partes iguales.

    - ¿Pero qué demonios? ¿Qué haces en mi casa?
    - Venga hombre. ¿No te puedo hacer una visita sin más?

 En ese momento sentí como alguien me encañonaba. Lucía aprovechó mi despiste para quitarme el arma y reunirse junto a Francisco.

    - Acaba con él ahora mismo, - sentenció Lucía. - Me ha asustado muchísimo. Pensé que iba a morir.
    - Tranquila por eso. Ahora estas conmigo. ¿Le has contado algo?
    - No. Solamente lo he traído hasta aquí y ya esta.
    - Así que me has mentido, - comenté. - Francisco, sólo lo voy a preguntar una vez. ¿Y Diana? ¿Dónde está?
    - No creo que estés en disposición de hacer preguntas.
    - ¡Vale ya! - Interrumpió Lucía. - Matemoslo de una vez.

Dicho esto, ambos me apuntaron y apretaron casi al unísono sus gatillos. En ese breve espacio de tiempo no tuve mas remedio que zafarme de quién me estaba encañonando y usarlo como escudo humano. Pude notar como su cuerpo se estremecía con cada disparo. En cuanto escuché que habían vaciado sus cargadores, me deshice del cuerpo, quitándole la pistola antes de dejarlo caer al suelo.

    - Será mejor que que las dejéis sin recargar, - les amenacé.

Francisco y su novia dejaron las armas en el suelo. A pesar de esto, golpee con la culata del arma la cabeza de Francisco, quién se llevó las manos a la cabeza mientras se agachaba. Lucía me gritó mientras intentaba comprobar la gravedad de la herida, la cual empezó a sangrar un poco. Aproveché para buscar algo con lo que atar a ambos. Encontré unas bridas en el garaje y volví al salón. No había nadie, pero un pequeño rastro de gotitas de sangre me llevó a la cocina. Cogí a la chica por sorpresa y la senté en una silla de la cocina, atándola a ellos. Francisco seguía un poco mareado, por lo que no opuso mucha resistencia cuando fui a repetir el proceso con él.

    - ¡Eh! Espabila Francisco. Tengo varias preguntas para ti.
    - ¡Déjale en paz! - Me exigió Lucía.

La miré con mucho desprecio y con odio, tanto que desvió la mirada hacia el suelo mientras giraba la cabeza. Me giré y cogí un trapo del fregadero, el cual metí en su boca para que se callase.

    - Deja... deja a Lucía en paz, - me pidió Francisco.
    - Un poco hipócrita de tu parte, teniendo en cuanta de que has ayudado en el secuestro de mi novia.
    - No tenía elección. Si no acabaría como Dmitry.
    - Un momento. ¿Sabes quién mató a Dmitry? - Pregunté con gran sorpresa.
    - No exactamente. Sé que lo hizo alguien para quién trabajamos. Y me amenazaron con hacerme lo mismo que Dmitry si me negaba.
    - Bueno, me acabas de dar otro motivo para acabar con Jack.
    - ¿Le conoces?
    - Desgraciadamente sí. Y ahora dime donde se esconde ese condenado.
    - Alejandro, - comenzó a decir casi en un susurro. - Créeme cuando te digo que no voy a delatar a mi jefe.
    - Muy bien, - respondí. Me dirigí a una cajonera que había a su espalda y abrí sus respectivos cajones hasta que encontré un cuchillo. - Lo haremos por las malas.

Y sin más dilación apuñalé a Lucía en el muslo derecho. El trapo de su boca apenas ahogó sus gritos de dolor.

    - ¿¡Pero qué demonios te pasa!?
    - Cállate. Y tu Lucía, deja de sollozar. Préstame mucha atención Francisco. Acabó de apuñalar a tu novia. Pero tranquilo, no es nada. La herida está a cinco centímetros de la femoral, así que no se va a morir. Bueno, a no ser que sigas sin ayudarme. - Cada vez que oiga algo que no me gusté moveré un poco el cuchillo hacia la femoral. Si la corto... bueno, morirá desagrada.
     - No serás capaz, -dijo esbozando una sonrisa algo demente. - Te conozco. Y sé que el que hizo lo de las bombas fue Jack, y no tú.
    - La gente cambia Fran, - dije a la vez que movía un poco el cuchillo, haciendo que Lucía volviese a quejarse del dolor mientras se le saltaban las lágrimas. - Ahora dime en que parte del Pacifico se esconde Jack.
    - ¿Como sabes que está en el Pacifico?
    - Porque terminó hablando en hawaiano o algún otro idioma de por allí. Ahora responde.
    - No es seguro al cien por cien, pero creo que está en Tahiti.
    - ¿Tiene a Diana?
    - Sí. Llegó hace dos días más o menos.
    - Bueno... ¿Cómo es que si sabes lo de Dmitry sigues trabajando para Jack?
    - Paga bien y me dejó al mando del negocio de Dmitry.

Le di las gracias y, a pesar de cumplir con su parte del trato, termine de rajar el muslo de Lucía, cortando la femoral. Lucía se empezó a agitar y retorcer del dolor. Acto seguido, le quité el pañuelo y levanté a Francisco de su asiento, llevándomelo al coche.

    - La única razón por la que tu sigues vivo y no estas cómo tú novia es porque necesito tu avión para viajar. Así que pórtate bien y te dejaré en paz. ¿Entendido? Ahora entra en el maletero. Va a ser un largo viaje.

Cerré el maletero del coche cuando Fran se introduje en él, no si antes dedicarme una larga mirada de odio. Me senté en el asiento del conductor y cerré los ojos mientras suspiraba. Si mal no recordaba, Lucia era sospechosa no solo de colaborar con Francisco, sino también de varios asesinatos. Me repetí eso uno y otra vez, como si de alguna manera aquello justificase lo que acababa de hacer. Tras unos instantes pensando, arranqué el coche y me dirigí al aeropuerto.
Cuando llegamos a nuestro destino, entré en el aparcamiento y busqué una zona alejada y sin posibles testigos o cámaras para sacar a Francisco del maletero. Con una navaja rompí las bridas y a continuación le lancé un paquete de toallitas para que se limpiase un poco la frente.

    - Ahora escúchame bien, - le dije. - Vas a llamar a tu piloto y le vas a decir que necesitas volar de inmediato a Tahiti. Si te pone alguna pega ofrécele más dinero. Y dile que tiene que es muy urgente. ¿Entendido?
    - ¿Por qué debería hacerlo?
    - Porque quieres seguir con vida. Cierto es que yo mismo podría llamarlo imitando tu voz y luego darle alguna explicación. Así que tu decides: mueres ahora o vives y haces lo que te digo.

Tragó saliva y buscó su móvil, haciendo lo que le había pedido. El piloto llegó al aeropuerto a la media hora y entramos a la pista por un acceso especial. Una vez allí nos dirigimos hacia el jet.
Una vez dentro del jet, Francisco y yo nos sentamos uno enfrente del otro. Al cabo de unas once horas de viaje estuvimos sobrevolando la mitad del Océano Atlántico. Me levanté de mi asiento y me dirigí a la cabina. Tras ofrecerle el doble de lo que le pagaba Francisco volví a la parte de atrás. Fran se hallaba sirviéndose una copa en la mini barra que tenía el avión.

    - ¿Qué bebes? - Pregunté.
    - Un "Sex on the beach".
    - ¿Tienes whisky?
    - Sí. Sírvete.

Y eso hice. Me serví un trago de whisky y me lo tomé. A continuación rompí el vaso en la cabeza de Fran. Antes de que pudiese reaccionar, lo agarré del cuello y me dirigí a la puerta del avión. El piloto al ver lo que pasaba, pulsó el botón para abrir la puerta, tal y como habíamos acordado.

    - Jamás te saldrás con la tuya, dijo Fran aferrándose al marco de la puerta.
    - Eso está por ver.

Y sin más dejé de empujar a Fran y le disparé. El cuerpo de Fran calló del avión hacia el basto océano, en donde nadie lo encontraría jamás. Me giré y el piloto cerró la puerta volviendo a pulsar un botón. Volví al bar y me serví otro trago de bourbon. A pesar de llevar aproximadamente once horas de vuelo, aún quedaban otras veinte más. Cogí el vaso y la botella y me senté en uno de los sillones a matar el tiempo.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Capitulo 15: ¿Hay vida tras la muerte?

"Venga, venga. Tienes que salir de aquí". No paraba de repetirme aquellas palabras una y otra vez, mientras la policía iba acercándose a mi. Con mucho cuidado, me había colocado el cuchillo para poder liberarme, pero cortar las cuerdas que me retenían estaba siendo más difícil de lo que esperaba. Al final pude liberarme y rápidamente recogí mi pistola de la mesa de la que Jack había cogido el cuchillo que me dio. Salí a un pasillo de lo que parecía ser una oficina. Cuando llegué a los ascensores, descubrí que las oficinas eran las del famoso "Saturday Night Live" de la NBC. Eso aclaraba de donde había conseguido Jack la cámara y el equipo que había usado apenas unos minutos.
Las luces del ascensor indicaban que alguien estaba subiendo, y por las escaleras se escuchaba como subía gente a toda prisa. Sabía que debía pensar en algo, así que mientras lo hacía me puse a correr escaleras arriba. Podía intentar escapar por alguna otra salida, pero a aquellas alturas y con la gravedad de lo acontecido, la policía ya habría bloqueado cualquier salida. Otra opción era hacerme pasar por un policía, pero por el sonido que había en las escaleras y conociendo a los americanos, habían mandado varios equipos SWAT, lo cual dejaba casi por imposible esta opción. Me lo pensé bastante, tanto que subí desde la planta diecisiete hasta la veintiséis hasta que finalmente dejé de huir y decidí entregarme. Me dirigí hacia los ascensores y me puse de rodillas frente a ellos, con las manos en la cabeza y mi pistola a un lado.
He de decir que se pasaron un poco cuando me detuvieron. El equipo que me esposó avisó al resto y llamó al ascensor. Cuando salimos del edificio, pude ver que había bastante expectación: miembros de prensa, policía, una muchedumbre enfurecida y rabiosa. Me condujeron hasta un coche patrulla y a continuación este arrancó, escoltado por dos furgones del SWAT y varios patrullas.

    - ¿A dónde vamos? - Pregunté cuando avanzamos unos pocos metros. - ¿A la comisaria de la cincuenta y uno? ¿A la de la cincuenta y cuatro?
    - A ninguna de ellas, - dijo el copiloto de forma cortante. - Cállate o juro que lo lamentarás.
    - O vamos, intento suavizar la situación, - dije bromeando. - ¿Nada?
    - ¡Cállate!
    - La quinta avenida... - Dije contemplando la calle por la ventanilla. - ¿Me lleváis al FBI? 
    - Vuelve a abrir la boca, - Volvió a repetirme en tono amenazador.
    - La verdad es que no me apetece ir allí, o a donde sea que me lleveis. ¿Qué tal si conduces a donde yo te diga?
    - Creo que no te encuentras en disposición de decirme lo que he de hacer. Es más, ¿por qué te haría caso? - Preguntó el conductor.
    - Para empezar por esto, - dije enseñando mis manos, las cuales había conseguido liberar de las esposas gracias a un truco de Samantha. - Y para continuar porque llevo en mis bolsillos explosivo plástico, el cual explotará si pulso uno de los botones de mi reloj, alcanzando a todo lo que esté en un radio de veinte metros.
    - ¡¿Estas de coña?!
    - Ya has visto de lo que soy capaz, si quieres te lo vuelvo a mostrar, - comenté aprovechando el vídeo de Jack. - Cuando llegues a la catorce, gira a la derecha, sin intermitentes y acelera al máximo. Si no lo haces ya sabes lo que pasará. 

Le aguante la mirada por el retrovisor, hasta que al final mi farol surtió efecto. Giró bruscamente, tanto que derrapó un poco, haciendo frenar al convoy que nos escoltaba. Aquello me dio los segundos que necesitaba. Les ordené parar el coche y bajar de él, pudiendo ponerme al volante. Tuve suerte y mi pistola estaba guardada en la guantera, dentro de una bolsa de pruebas. Puse la sirena del coche y aceleré. Continué recto por la calle catorce hasta que alcancé la autopista Lincoln, donde giré de nuevo a la derecha. La policía me alcanzó, empezando así una persecución como las que tantas veces había visto por televisión. Serpenteé entre el tráfico neoyorquino intentando zafarme de mis perseguidores. Llevaba unos cuantos metros recorridos por la autovía cuando vi como escapar de la policía. Al adelantar a un camión, cuando estuve a la altura de la cabina, disparé a uno de sus neumáticos. Tal y como me esperaba, el camión perdió el control y se atravesó en medio de la calzada, impidiendo el paso de cualquier otro vehículo. Cuando comprobé que nadie me perseguía, quité la sirena y proseguí mi camino hasta que las volví a encender, haciendo parar a un coche. El conductor se resistió cuando descubrió que no era ningún agente de policía, pero al final pude cambiar de vehículo. La jugada hubiese sido perfecta de no ser por el helicóptero de las noticias que estaba grabándome constantemente. Ignoré este hecho y continué mi camino, saliendo de la autovía en la salida de la calle setenta y nueve.
Tras atravesar toda la calle y bordear el Museo de Historia Natural, llegué a Central Park. Allí me bajé del coche y despisté al helicóptero gracias a la frondosidad de los árboles. Fui campo a través, evitando la mayoría de los caminos, hasta que crucé el parque y llegué de nuevo a la quinta avenida. Con la cabeza agachada, fui buscando el mil ochenta de esa misma calle, en cuya planta número diez había un apartamento que había adquirido hacía casi medio año. Podría decirse que era mi piso franco secreto, un lugar en el que nadie, si me lo proponía, podría encontrarme. 
Cuando logré entrar en mi apartamento  una sensación de seguridad se apoderó de mi. Cerré la puerta, abrí las persianas para que la luz entrase y pude recordar uno de los motivos por los que me lo había comprado: el gran lago de Central Park bañado por la luz del ocaso. Tras lo ocurrido aquel día no me quedaban fuerzas nada más que para tumbarme en la cama y descansar.
Al día siguiente me levanté y pedí una pizza, pues no tenía comida y la cosa no estaba como para pedirle azúcar al vecino. Una vez tuve la pizza sobre la mesa del salón, me puse cómodo y encendí la televisión.

"... ayer un desalmado atemorizo a todo el planeta con la emisión en directo de un macabro show. Tras ejecutar a varias autoridades respetadas a nivel mundial, entre las que incluimos al hijo de nuestro presidente.."

"... y de repente se escuchó un gran estruendo, seguido de un apagón y muchos golpes. Para cuando recuperé el sentido pude ver como a mi alrededor..."

"... el mundo esta conmocionado. Las cifras de los ataques alcanzan un total de setenta mil victimas, cincuenta mil heridos, muchos de ellos... "

Pusiese el canal que pusiese, todos hablaban exactamente de lo mismo. Aunque sabía que Jack era el verdadero responsable, de un modo u otro yo tenía la culpa, en parte, de todo aquello. Como era de esperar la noticia estaba en todos los medios de comunicación del mundo. Todos ellos culpándome de lo sucedido por culpa de la dichosa máscara de Jack.

"... el responsable de esta tragedia ha sido identificado como Alejandro Beltrán. Este individuo, como ya han comprobado, es muy peligroso. Si lo ven no duden en..."

"... nadie conocía a Alejandro Beltrán hasta ayer. Pero no es de extrañar, pues la Interpol nos ha facilitado varias de sus falsas identidades. Carlo Rossi, John Winston, Damián da Silva, Dmitry Kobzeva..." 

La agencia también picó el anzuelo. Ya habían facilitado mis datos a la Interpol y demás organismos para que atraparme fuese más fácil. Apagué la televisión y me acerqué a la ventana, contemplando el paisaje. ¿Por qué Jack había hecho eso?
Estuve un buen rato pensativo, con la vista perdida en el horizonte, hasta que mi móvil empezó a sonar como un loco. Me acerqué y comprobé que estaba recibiendo una buena cantidad de SMS y "whatsapps".

Gianna Moretti: ¿En serio? Jamás lo habría dicho de ti. Si eres tan hombre como para matar a inocentes, se hombre y ven a verme. Traditore, assassino. Giuro su Dio. Ti ucciderò.
Dom "hacker": Me da igual que tengas super protegida tus direcciones IP y que tu movil casi no se pueda rastrear. Quiero que sepas que no descansaré hasta encontrarte y meterte entre rejas.
Rober: Bro, no tengo palabras para expresar como me siento. El carro lo voy a arreglar, pero porque es mi trabajo y me gusta estar en el taller. ¿Sabías que puedo recuperar los datos de tu GPS? Voy a averiguar junto al resto dónde vives y te voy a dar tal paliza que me van a tener que encerrar a mi en vez de a ti.
James Brody: No sé porque pero le he visto lógica a tu actuación. Cuando detuviste al mafioso ese hace cuatro años, antes de entrar en la agencia, estabas super a gusto. Hasta empiezo a creer que tu mismo encargaste su asesinato, que sigue sin resolverse. Además, cada vez que hay que hacer algo delictivo para alguna misión, tu siempre tienes la clave de todo. No sé como no lo he visto antes. Voy a convencer a la jefa para que cancele temporalmente el resto de casos para que todos vayamos a por ti. Será mejor que te mudes a la Luna o a Marte. TRAIDOR.
Sami: ¿Por qué? Todos estos años nos has engañado a todos. Incluso a tus amigos y tu prometida. Aunque no se si será siéndolo. Hemos vivido muchas cosas juntos, somos uña y carne, pero nunca más. Para mi ese Axel ha muerto. Espero que no te encontremos, porque ninguno se va a responsabilizar de sus actos. Corre mientras puedas.

Perfecto. Incluso mis compañeros dentro del S.I.D. me querían en la cárcel, incluso algunos me querían más muerto que vivo. Pero la cosa no quedó ahí. Mi familia y mis amigos también me mandaron mensajes por el estilo. Algunos, como los de Holly o Max, eran muy ofensivos. Pero de quien no obtuve nada fue de Diana. Ni una llamada, ni un mensaje. Nada. Necesitaba hablar con ella, darle mi versión, escuchar su voz. Busqué su número en la agenda y la llamé.

    - ¿Pero qué has echo? - preguntó Diana, con una voz que mostraba su tristeza.
    - Cielo, sé que es difícil de creer, pero yo no he sido.
    - ¡¿Cómo que tu no has sido?!
    - Te lo juro Diana. Tienes que creerme.
    - ¿Creerte? Claro que sí. ¿Como voy a creerte después de que desde el primer momento me mintieses sobre tu trabajo? Y por lo que me contó tu amiga, también les has mentido a todos ellos.
    - No, no, no, - negué casi sin fuerzas. - Quería decírtelo, pero tenía miedo de que me dejases.
    - Normal. Siendo un criminal.
    - Te confundes. Yo no soy...
    - No, - me cortó ella. - El que se confunde eres tú. Ahora me entiendo como es que tienes tanto dinero.
    - Sí, de mi trabajo en la agencia.
    - Y de tus crímenes. Por favor, - dijo llorando. - Dime la verdad Axel, si es que te llamas realmente así.
    - Cariño, yo no fui. Cielo, escúchame. Hice mal en no contarte lo de mi trabajo antes. Pero no he hecho esto. Pero si no era ni mi voz.

Nos quedamos en silencio durante unos segundos.
 
    - Te quiero Diana. Te quiero, y te juro que no te miento sobre esto. Por favor cielo...
    - Déjame por favor, - dijo casi sin poder hablar y colgó.

Dejé el móvil en la mesa y me senté en el sofá. El teléfono siguió recibiendo mensajes de todo el que conocía, y todos venían a decir lo mismo: que me muriese. Nadie me creía. Dada la situación solo me quedaba una opción: encontrar a Jack tal y como él me dijo. ¿Pero para qué? Aunque lo atrapase no podría demostrar totalmente mi inocencia, y si Jack tenía pensado en que trabajase para él mi respuesta iba a ser no. Pasé varias horas pensando, dándole vueltas al asunto, hasta que decidí suicidarme. Opté por ahogarme, pero no en Nueva York. Nunca, a pesar de haber viaja muchísimo, había estado en Venecia, y desde siempre había querido visitarla.
Aquella noche, me acerqué a una obra y llené una maleta con una cuerda y varios ladrillos. A continuación pedí un taxi para ir al aeropuerto de La Guardia. Nadie me reconoció, pues iba caracterizado con una de mis identidades falsas, la única que no había sido filtrada por la agencia. Seguramente lo habrían hecho a propósito para controlarme y detenerme. Tampoco es que tuviese otra opción para viajar pasando inadvertido. A pesar de que la agencia me iba a pisar los talones era mi mejor baza. Mejor que solamente me persiguiesen ellos a que me persiguiese todo el mundo.
Horas más tarde me encontraba en mi destino. Eran las cinco de la mañana para cuando el taxi me dejó en la Piazzale Roma. El hotel donde iba a pasar mi última noche estaba cerca de la Piazza San Marco, lo que suponía un largo paseo por las calles venecianas. Con mi móvil como GPS para orientarme con facilidad, el paseo hacia el hotel fue muy agradable. Cuando pasé por el puente Rialto me paré a contemplar el Gran Canal. El paisaje era increíble. No pude evitar pensar en Diana, y lo fantástico que hubiese sido que ambos estuviésemos en Venecia. Pero no era así. Tras unos momentos inmerso en mi imaginación, volví al mundo real, al mundo donde todos me querían muerto.
Empezó a llover con bastante intensidad cuando alcancé el hotel. Me registré para pasar el día allí y me dirigí a mi habitación. Intenté dormir un poco, pero no lo lograba. Mi cabeza estaba llena de pensamientos negativos que no me permitían conciliar el sueño. Hacia las seis de la tarde, decidí escribir una nota dando mi versión, la cual no tenía ningún valor. Por último, decidí mandarle un "whatsapp" a Samantha dándole mi ubicación e informándole de que dejaba una nota en la habitación.
Todo esto nos conduce al principio de esta historia. Toda mi vida, los últimos cuatro años, las personas que quería y odiaba, acababan de pasar ante mis ojos. Ya no me quedaba nada más por recordar, por lo que suspirar. Sólo me arrepentía de una cosa: no haberle contado la verdad a Diana. Todo lo demás, incluido malas decisiones, no me importaban. Al fin y al cabo todas ellas me habían convertido en lo que soy y me habían llevado a donde me encontraba. Si no fuese por ellas no hubiese conocido a mucha gente. Pero a aquellas alturas todo me daba igual. Empecé a notar como me iba faltando el aire y como me empezaba a marear. Mis ojos se fueron cerrando poco a poco, hasta que al final los cerré y perdí la consciencia.



Más vale que digas la verdad..."





" Confirmado. Hora de la muerte..."




Vale, sigue respirando..."




No entiendo porque le has traído aquí.   
  Si te digo la verdad yo tampoco lo entiendo del todo..."






Abrí los ojos para darme cuenta de que no estaba en el fondo del mar. Estaba en una habitación desconocida para mi. Estaba tumbado sobre una cama, tapado por unas sábanas. Me incorporé lentamente, con una pequeña sensación de mareo. Me dirigí hacia la ventana que había en el cuarto y observé el exterior. A los pies del edificio había un pequeño río, que más bien parecía ser un canal. A la derecha había un puente y a la izquierda más casas y el resto del canal. Enfrente había varios edificios, pero ninguno de ellos tenía el estilo arquitectónico de Venecia. Por alguna razón estaba en otro sitio, y vivo. Salí de la habitación y bajé las escaleras.

    - Bienvenido al mundo de los vivos Axel.

Me giré y vi quien era la que me hablaba.

    - ¿Dónde estoy Sam? ¿Qué esta pasando?
    - Estas en mi casa. Me ha costado una buena bronca con mi marido, pero al final ha acabado accediendo.
    - ¿Estoy en Brujas?
    - Sí.
    - Dime una cosa. Estoy algo mareado y espero que todo lo que recuerdo sea un mal sueño. ¿He matado a mucha gente inocente?
    - No sé. Dímelo tú.
    - Por favor, contéstame. ¿Lo he hecho o no?
    - Supuestamente sí. Ahora, que sea verdad o no, no lo sé. Por tu bien espero que la verdad sea que no.
    - Es así. Me tendieron una trampa. Me drogaron en Mónaco y mientras estaba inconsciente hicieron una máscara de látex de mi cara. Y el que aparecía en el vídeo era Jack, no yo. Además, la voz del vídeo no es la mía, es la de Jack.
    - ¿De qué color tiene Jack los ojos?
    - Marrones. ¿Por qué?
    - Porque en el vídeo son verdes. Y tu tienes los ojos verdes. Has podido usar un filtro de voz para que tu voz en el vídeo suene diferente.
    - O que Jack usase lentillas. Déjame ver el vídeo por favor.
    - Aún no entiendo por qué estoy haciendo esto, - se quejó mientras me hizo un gesto para que la siguiese.
    - Porque en el fondo sabes que soy inocente.

Entramos en su cuarto y encendimos un ordenador. Sam abrió una carpeta y seleccionó el vídeo, el cual empezó a reproducirse.

    - Páralo, - le dije a Sam. - Hechalo un poco para atrás... Ahí. Ya te tengo hijo de puta.
    - ¿Qué es lo que has visto? Solamente se ve como se ha acercado a apagar la cámara.
    - Precisamente. Pasa fotograma a fotograma hasta que te diga. Justo ahí. Fíjate en sus ojos y luego en los míos.
    - Esta bien, - dijo suspirando. - Aquí tienes los ojos verdes y los tuyos de ahora... ¿En serio?
    - Sí. Yo tengo un poco de marrón alrededor de las pupilas. Y ahí no.
    - Joder. No. Joder.
    - Lo sé. Es muy listo, pero no muy detallista. Tenemos que avisar al resto.
    - No podemos. Creen que estas muerto.
    - ¿Y eso?
    - Recibí tu mensaje y como estaba en tu casa hablando con tu novia no tardé mucho en volar hacia Venecia. Cuando vi tu nota, no sé porque, pensé que a lo mejor decías la verdad. Pregunté en recepción por ti y salí en tu busca. Para cuando te alcancé ya estabas saltando al agua a lo lejos.
    - Eso explica como sigo vivo, pero no como para el resto del mundo estoy muerto.
    - Ya llego a esa parte. Te saqué del agua y cuando volvías a respirar te di una dosis de "Digitalis", lo que hizo que tus pulsaciones bajasen muchísimo. Tanto que el médico que te atendió no te encontró el pulso.
    - ¿"Digitalis"? Sabes que podrías haberme matado. La dosis tuvo que ser muy alta ¿no?
    - Sí. Cuando te traje a escondidas a veces tenía que comprobar que seguías vivo.
    - ¿Y que hacías con "Digitalis" encima? Solamente lo usamos cuando tenemos que usar francotiradores y hacer misiones de vigilancia en condiciones extremas.
    - Lo sé. Sinceramente era por si tenia que usar mi rifle contra ti. Dios, te pido pido perdón por todo lo que te dije y pensé Axel.
    - Tranquila, no te culpo. Pues si no podemos avisar a todos, avisemos solo a los necesarios.
    - Dime quienes.
    - Dominique, Roberto y Diana.
    - Esta bien. Lo único es que no tenemos ni idea de como buscar luego a Jack.
    - Bueno, me dejó un mensaje al final del vídeo. Pero primero avisemos al equipo y Diana. Iremos primero a avisar a Dom y Roberto y luego a por Diana.
    - Esta bien, pero mi Porche y mi Ford se quedan aquí. Sabes que no los puedo mover.
    - ¿Entonces qué me sugieres?
    - ¿Qué tal un viaje en moto? Podría ser divertido. Coge la de Mans. Yo iré en la mía. Con los cascos nadie nos reconocerá. Cuanto salgamos, antes podremos limpiar tu nombre e ir a por Jack.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Capitulo 14: El cazador cazado

    - Llevas varios días ausente tío.
    - Es por el trabajo, - le contesté a Dani.
    - Venga hombre, - me animó. - Hoy hemos venido a beber unas cervezas, a jugar un poco al billar y a olvidarnos de nuestros problemas. Así que alegra esa cara hombre.
    - Está bien, a ver si los demás no tardan en llegar.

Jack, Max y Juan no tardaron en llegar. Tal y como me había anticipado Dani, nos pedimos varias cervezas y, mientras bebíamos, echamos unas partidas al billar. A pesar de estar disfrutando de  una buena noche, mi cabeza continuaba pensando en el trabajo. Mi jefa, a pesar de los pros y los contras de mis últimas acciones, me había encomendado la tarea de vigilar Mónaco, eso sí, bajo su propia supervisión. Además, aún seguía buscando el momento adecuado para revelarle a Diana en que consistía realmente mi trabajo.
Durante las semanas previas al plan de Jack, estuve saliendo con los chicos y las chicas del grupo. También aproveché para volver a correr con Diana y Nicky por el parque que estaba detrás del centro cultural de Caja Granada. Sin duda aquello era lo que más me gustó de aquellos días: me reía, me relajaba y, sobretodo, lograba olvidarme durante un par de horas de los preparativos de Mónaco. Aún así, por las noches me quedaba despierto hasta altas horas de la madrugada junto al resto del equipo, con los que hablaba a través del ordenador. En una de esas noches, Sam averiguó cual podría ser el interés de Jack allí: una fiesta que iban a celebrar los príncipes monegascos con motivo de la celebración del cumpleaños de uno de ellos.
Quedaban cuatro días y ya lo teníamos todo preparado para desbaratar el plan de Jack, fuese el que fuese. Fue entonces cuando pude relajarme por fin. Aquel día salí con todo el grupo para pasar el día juntos. Comimos de fábula y tras una pequeña sobremesa, fuimos a dar una vuelta por la ciudad. Parecíamos un grupo de turistas, pues nos hicimos fotos por todos lados.
Cuando estaba a punto de anochecer, nos despedimos y regresamos a nuestras respectivas casas. De camino a casa, Diana, que había estado trabajando en casa, me llamó al móvil para que me acercase a comprar algo de pan de camino a casa. Me acerqué al supermercado que había a unos escasos metros de nuestro hogar y compré los que me encargó Diana. Atravesé la plaza que había justo a los pies de nuestro edificio y entré en el portal. Salí del ascensor cuando este llegó a mi planta y abrí la puerta.



Cuando entré en casa, una suave música me condujo hacía el salón, donde pude observar que las luces del salón estaban atenuadas, dándole a la estancia un aire muy romántico. Diana estaba en la cocina, terminando de preparar la cena. Dejé la compra en la encimera y rodeé con mis brazos la cintura de mi prometida.

    - Huele muy bien, - le susurré al oído. - ¿Qué es?
    - Es sorpresa. Pero te daré una pista, - me respondió girándose. - ¿Te suena todo esto a algo?
    - Mucho la verdad, pero no caigo.
    - Estoy intentado recrear la primera vez que me trajiste aquí.
    - Ahora me acuerdo, - dije riendo suavemente. - ¿Y a qué se debe esto?
    - Siéntate, que ahora te lo cuento, - dijo con una sonrisa.

Me senté a la mesa y al poco tiempo Diana sirvió la comida: una deliciosa lasaña casera. Para beber cogió una botella de lambrusco. La cena fue de lo más relajante y el verde de los ojos de Diana relucía tímidamente con la suave luz de las lámparas.

    - Axel, me gustaría decirte una cosa, - dijo cogiéndome la mano.
    - ¿Es buena o mala?
    - Es buenísima. Es sobre mi trabajo. Como sabes, hace tiempo nos encargaron la organización de una fiesta muy exclusiva y hemos trabajado muy duro para que todo salga perfecto. El caso es que mi jefe quiere que yo sea la coordinadora del evento.
    - Felicidades cielo, - exclamé levantando mi copa. - Estoy orgulloso de ti. ¿Y para quién es esa fiesta?
    - No te lo vas a creer. Para los príncipes de Mónaco, - contestó ella con gran entusiasmo.

De golpe se me congeló la sangre. Me quedé literalmente paralizado.

    - Creí que te alegrarías, - dijo ella rompiendo mi silencio.
    - Y claro que me alegro.
    - ¿Entonces cuál es el problema?
    - Nada, nada. ¿Sabes qué yo también voy a ir a esa fiesta?
    - ¿En serio?
    - Sí, mi empresa tiene negocios con algunos asistentes y nos han invitado a ir también.
    - Entonces reservo una habitación para nosotros ¿no?
    - Claro cielo.
    - Que ganas tengo de ir a Mónaco. Llamaré al hotel mañana para comunicárselo.

Fingí alegrarme, pero lo cierto es que estaba aterrado. El momento para decirle a Diana la verdad sobre mi trabajo se acababa de acercar a pasos agigantados, y no quería que resultase herida durante mi operación durante la fiesta. Más tarde esa misma noche, les comuniqué la noticia al resto del equipo, quienes prometieron ayudarme para evitar que mis temores se hicieran realidad.
Como Diana debía revisar los preparativos en persona, viaje a Mónaco un día antes de lo previsto. Como no podía usar uno de los aviones de la agencia para transportar mi Maserati con Diana, me las ingenié para convencerla de hacer todo el viaje en coche. Fue un largo viaje de trece horas y más de mil quinientos kilómetros, pero llegué justo a tiempo para la reserva que había hecho Diana en el Hotel París. Al entrar en la habitación yo me eche una siesta para reponer fuerzas. Mientras tanto, Diana me cogió las llaves del coche para ir a palacio a comprobar los preparativos.
Cuando desperté era la hora de la cena y bajé al restaurante. Diana aún permanecía en palacio ultimando detalles, lo que me permitió ir a ver a Sam, Dom y Roberto, quienes habían llegado un par de horas antes.

    - Alguien no ha dormido mucho.
    - Cállate Sam, - contesté con algo de desgana.
    - Es que mira que a veces eres bestia tío, - me recriminó Dom. - Y todo porque no podías coger el avión.
    - Y porque a mi prometida le hacía ilusión que viajáramos juntos, - dije irónicamente.
    - Respecto a eso, - continuó Sam. - ¿Tienes la lista de invitados y los contratos?
    - Para mañana lo tendré todo. La fiesta es en dos días. Vamos bien de tiempo.
    - En fin, - intervino Roberto. - Repasemos lo que tenemos que hacer durante la fiesta.

Al día siguiente Diana me convenció para hacer algo de turismo. Al principio me relajé un poco y desconecté. Incluso me animé a jugar una partida en el casino, en la que Diana, para sorpresa de todos, ganó. Pero cuando fuimos a dar un paseo por el puerto, empecé a fijarme en todos y cada uno de los barcos allí atracados, de la gente que salía o entraba de los mismo, incluso de la gente que paseaba alegremente como Diana y yo. Pero por más que buscase no encontré nada que me interesase.
La víspera de la fiesta me la pasé memorizando las calles que llevaban hasta el palacio, incluso me acerqué al pequeño puerto que había justamente debajo, pero sin ningún resultado. También aproveché cuando Diana estaba distraída para fotografiar los contratos y la lista de invitados, en la cual no figuraba ninguna empresa o nombre sospechoso.
Mi jefa llegó aquella misma tarde y tuve que presentarle el informe de aquellos dos días. Pasé cerca de hora y media hablando con ella, incluso la invité a cenar con el resto del equipo. Diana volvió a estar ausente durante la cena, repasando por ultima vez los preparativos. Sin duda que todo saliese bien era muy importante para ella. Me despedí de mis compañeros y mi jefa y subí a mi habitación.

    - ¿Ya estás aquí?
    - Sí. ¿Dónde estas Diana?
    - En el baño. Pero no entres, que nos conocemos.
    - Vale. ¿Qué tal en palacio?
    - Perfecto. ¿Sabes una cosa? Viniendo hacia aquí he pensado que sería una pena no aprovechar al máximo la habitación.
    - Me gusta como suena, pero la última vez que dijiste eso acabamos algo magullados. No quiero volver a repetir esa noche.
    - Cállate y quítate la ropa, - me ordenó cuando salió del baño.
    - ¡Madre mía! ¿Qué les a pasado a tus...?
    - Se llama corsé tonto, - me interrumpió. - Y ahora vamos a pelear un poco, - dijo tirándome a la cama y posándose sobre mi. - Pero antes aflójame esto un poco. Creo me he pasado apretando.

Por suerte para ambos la fiesta era por la noche, y eso nos permitió a la mañana siguiente reponernos de la apasionada noche que tuvimos. Sea como fuere, había llegado el momento de saber si, tal y como afirmaba Jack, podría hacerse con la suya.
Me vestí con un traje negro, camisa blanca y corbata negra. Clásico, pero elegante. Casi una hora después, Diana salió del baño, dejándome con la boca abierta. Estaba radiante. Llevaba un vestido de manga corta y escote de pico. La falda era plisada y blanca, mientras que la parte superior del conjunto era negra. Nos montamos en el coche y nos dirigimos hacia el palacio. Cuando llegamos había bastante gente y medios de comunicación. Le di las llaves del coche Roberto, que estaba disfrazado de un aparcacoches y le abrí la puerta a Diana. Agarrada a mi mano, entramos al palacio. La fiesta se celebraba en el gran patio interior. Todo era muy elegante, con música en directo, camareros con bandejas de comida y bebida por todos lados y alguna que otra barra con unos habilidosos barmans que hacían las delicias de sus clientes. Diana se despidió y se fue a trabajar. Yo por mi parte me dirigí a una de las barras y me pedí un Manhattan. Con el cócktel ya en la mano me fui moviendo por la estancia.
Al rato, Dom se acercó y, disimuladamente, me dio un dispositivo de comunicación que consistía en un micro pinganillo, hacía las veces de micrófono.

    - ¿Todo en orden chicos? - Pregunté.
    - Aquí fuera nada, - respondió Roberto. - Solamente ricachones y gente VIP dándome sus llaves para que les aparque los coches.
    - Yo estoy junto a las escaleras del patio y no hay novedad, - comentó Sam.
    - Voy a intentar piratear el sistema de seguridad chicos. La jefa no tardará en aparecer.
    - De acuerdo Dom. No me gusta que haya demasiada calma, - dije tras darle un trago a mi copa.

Pasó cerca de una hora y me empecé a poner un poco nervioso. Me acerqué a la posición de Sam, quien llevaba un vestido de color coral, con un escote asimétrico y una falda larga y lisa. Como me imaginé no había novedad alguna, pero al menos Diana seguía bien, metida en su mundo. Di otra vuelta y me acerqué de nuevo a una de las barras, esperando mi turno pacientemente.

    - Creí que no eras de los que beben mientras trabajan, - me dijo una voz femenina.

Me giré y vi de quien se trataba: Liudmila. Llevaba un vestido negro, con falda y escote asimétricos, que le quedaba bastante bien.

    - Empezaba a preguntarme cuando aparecerías.
    - Todo a su debido tiempo. Bonita fiesta, ¿verdad?
    - Una lástima que no puedas fastidiarla. Será mejor que me acompañes a fuera.
    - Yo me lo pensaría dos veces, - me advirtió. - Soy la encargada de seguridad de la fiesta y con un simple gesto puedo hacer que te detengan.
    - No he visto ninguna de tus "empresas" en los contratos.
    - ¿Que tal si bailamos en vez de pelear?

Acepté su invitación. Mientras la seguía a la zona de baile, alerté al resto con nuestra palabra clave para que estuviesen atentos. Liudmila se acercó a la banda y tras hablar con el director, este anunció que interpretarían un tango para todos aquellos que se atreviesen a bailarlo. Tras el aviso quedamos unas cuantas parejas sobre la pista de baile, mientras que el resto de invitados nos observaban.
Liudmila se acercó a mi y nos preparamos para la posición inicial, con nuestros pechos enfrentándose el uno con el otro y las mejillas tocándose, manteniendonos erguidos. Mi mano derecha se posaba sobre su espalda, mientras que mi mano izquierda y su mano derecha se unían a la altura de los ojos de Liudmila. Cuando todos las parejas estuvieron preparadas, la banda empezó a tocar.



Empezamos con movimientos suaves, avanzando un poco y retrocediendo otro tanto, al ritmo de la música. Seguimos, esta vez, andando lateralmente y en semicírculo. Liudmila por su parte fue haciendo los movimientos propios de las piernas en el tango.

    - No lo haces nada mal, - comentó ella.
    - Tu tampoco, - respondí mientras hacíamos un rápido movimiento con la cabeza. - ¿Qué has venido a buscar aquí?
    - A un par de personas.
    - ¿Te das cuenta de que estas sin salida? Puede que tengas al equipo de seguridad en tu poder, pero nosotros tenemos a la policía.
    - Que más quisieras tu.

La música empezó a aumentar el ritmo y nosotros hicimos lo mismo. Poco a poco fuimos haciéndonos con la pista. Liudmila se inclinó hacia mi, curvando su espalda hacia atrás, mientras yo me inclinaba acompañando su movimiento. Nos giramos de golpe y seguimos con movimientos secos, rápidos y con algunos puramente estéticos.

    - ¿A qué te refieres?
    - Ahora lo descubrirás. ¿Por qué no te centras en el baile? No tengo nada más que contarte.

Era bastante evidente que decía la verdad, por lo que le hice caso y me centré en bailar. La música cada vez subía más y más la dificultad del baile. Las parejas restantes se nos quedaban mirando y se fueron retirando, dándonos plena libertad de movimiento por la pista. Nuestros movimientos se volvieron un poco más agresivos, pero para los allí presentes era todo un espectáculo. De golpe todo el mundo estaba con los cinco sentidos en nuestro baile. Y entonces fue cuando me percaté de lo que estaba sucediendo: Liudmila me estaba usando de distracción.

    - Muy lista, - comenté. - Distrayendo a los invitados con un gran baile.
    - Cállate. Se acerca mi parte favorita.

Finalmente decidí no volver a hablar hasta el final de la pieza. Al menos mis compañeros ya estaban avisados. Nuestro tango cada vez era más y más apasionado.

    - Se acerca el final, - dijo ella casi sin aliento tras un buen rato de silencio entre nosotros.

Siguiendo su aviso, hicimos el último movimiento, finalizando así nuestra exhibición. La gente nos aplaudió y vitoreó. Sin soltar a Liudmila, salí de la pista de baile.

    - Axel, - me llamó una voz muy familiar.

Me giré para descubrir que era Diana la que me llamaba.

    - ¿Os conocéis? - Preguntó Liudmila.
    - Claro, es mi prometido, - respondió Diana.
    - ¿Tu prometido? - Repitió Liudmila mirándome.
    - Así es, - dije yo. - ¿Y vosotras de qué os conocéis?
    - Contraté a la empresa de Masha para la seguridad. No sabía que supieras bailar tan bien cielo.
    - No tenía otra opción.
    - Por cierto, - nos interrumpió Liudmila. - He de irme a comprobar un aviso que me han dado los chicos de las cámaras.
    - Tranquila. Puedes ir a ver que pasa, - le dio permiso Diana, permitiendole escapar de mi.
    - Cariño, - le dije cuando Liudmila se fue. - Ella no es quien dice ser. Y bueno, la verdad es que yo tampoco.
    - ¿A qué te refieres?
    - Axel, - me llamó Dom por el pinganillo. - Siento interrumpir, pero no es momento de hacer confesiones.
    - Cielo, ahora no puedo explicártelo, pero necesito que esperes a mi compañera Samantha. Ella te sacará de aquí y te pondrá al día. Lo siento pero he de irme.

Le di un suave beso y salí a toda prisa, dejando a Diana bastante confusa. Mientras me dirigía a la salida llamé a Roberto varias veces, pero no obtuve respuesta. Me acerqué a donde los aparcacoches guardaban las llaves y vi que todos estaban atados y amordazados. Liberé a Roberto lo más rápidamente que pude.

    - ¿Qué ha pasado?
    - Los de seguridad han sacado a varias personas y se las han llevado. Luego nos han amordazado y una mujer se ha llevado las llaves de un BMW.
    - Desata tu al resto. Yo voy a por nuestra mujer del BMW.

Cogí las llaves de mi coche y me monté en él. Salí a toda prisa por la última calle de la derecha y aceleré a fondo por la angosta cuesta. Llegué a la altura de la catedral y vi un BMW blanco. Tras encender las luces de persecución que tenía camufladas, mi sospechoso empezó a acelerar como un loco. Había logrado alcanzar a Liudmila.
A pesar de estar descendiendo una estrecha calle, ninguno de los dos levantó lo más mínimo el acelerador. Incluso derrapamos en dos curvas muy cerradas. Tras la segunda de ellas, serpenteamos entre el tráfico y llegamos al puerto. Cuando me disponía a adelantarla para cortarle el paso, Liudmila sacó una pistola y disparó varias veces a mi coche, hasta que logró reventar uno de mis neumáticos. Este empezó a desestabilizarse, y justo cuando creía haberlo controlado, Liudmila me embistió, haciendo que me estrellase contra la base de una estatua. Como no impacté con el centro del morro, el coche se levantó del suelo y giró en el aire hacia la izquierda, dando varias vueltas de campana. Los momentos posteriores aún siguen siendo bastante borrosos: alguien sacandome del coche, una mujer gritando, disparos... Cuando empecé a recuperarme alguien me puso un pañuelo en la cara, lo que me hizo dormir profundamente.

    - Axel. Axel, - me llamaba alguien. - Vamos despierta.
    - ¿Jack?
    - Mira cielo, ya sabe mi nombre. Venga espabila.
    - ¿Estoy atado?
    - Solo momentáneamente, - respondió Liudmila.
    - ¿Dónde estamos?
    - En la ciudad de las oportunidades, en la ciudad que nunca duerme, - contestó Jack con gran energía. - Y vamos a dar comienzo al último paso de mi plan. Cielo, trae la cámara y a los invitados.
    - ¿Cuánto llevo inconsciente?
    - Déjame pensar. Cinco horas en barco hasta Córcega y luego unas nueve horas más o menos de avión... Yo diría que unas catorce horas. Hay que ver lo que puede hacer el cloroformo.

En ese momento Liudmila regresó a la habitación con varias personas, las cuales estaban atadas. Todas ellas se pusieron delante de la cristalera, de rodillas y mirando hacia la cámara que colocó Liudmila, quedando esta entre los prisioneros y yo. Jack cogió una pistola y una máscara de lo que parecía ser látex. Se la puso y me miró. Era una máscara de mi cara.

    - ¿No serás capaz? -Dije con bastante rabia.
    - Amordazarle, - ordenó Jack. - Estamos a punto de salir en directo en todo el mundo.

Atado y amordazado solo pude contemplar la macabra escena. Jack encendió la cámara cuando uno de sus esbirros le dijo que ya había pirateado las señales de varias cadenas de televisión y de Times Square. Con paso firme se colocó ante la cámara.

    - Buenas noches. Siento interrumpir lo que sea que estuviesen viendo. No sé si lo sabrán, pero alguien secuestró hace unas horas a varias personas en diferentes puntos del planeta. Pues sí, he sido yo, y estas personas a mi espalda son las secuestradas.

Se acercó a la cámara y empezó a enfocar a sus rehenes.

    - Tenemos a la hija del presidente ruso, el hijo del presidente de estados unidos, las princesas de Suecia, Noruega, Mónaco, España y Holanda; los hijos de los presidentes de Francia, Portugal e Italia.

De nuevo puso el objetivo en el centro de la escena y volvió a aparecer en la imagen.

    - El caso es que, como ya se imaginaran, quiero dinero, a pesar de que ya les he robado bastante durante estos años a los principales bancos del mundo. En fin, esos bancos son ahora míos, pero me temo que privatizaré todo el dinero que tienen en ellos si no me hacen caso. Pero la cosa no termina ahí. Como sabrán ciertos agentes de bolsa, un hombre rico se ha hecho con las más importantes compañías petrolíferas. Sí, ese hombre soy yo, y haré exactamente lo mismo con el petróleo. Y para que vean que voy totalmente en serio, me gustaría hacer una remodelación en ciertas ciudades.

Conforme fue terminando la frase, sacó lo que parecía ser un mando a distancia.

    - Empezaremos por Londres, - dijo pulsando un botón. - Seguiremos con Moscú, luego San Francisco, Colonia, Roma y por último Nueva York.

Cuando pulsó el botón correspondiente a Nueva York, fuera en la calle, se escucho un gran estruendo, seguido de un pequeño temblor.

    - Para los que no estén en las ciudades que he mencionado, acabo de destruir todos los puentes de Roma y Colonia, el Golden Gate de San Francisco, y los metros de Londres, Moscú y Nueva York. Y por si alguien aún tiene dudas de que no voy en serio, voy a matar a mis acompañantes.

Dicho y hecho. Se giró y, sin que le temblase el pulso, mató uno por uno a sus rehenes, todos excepto el hijo del presidente norteamericano, a quien puso en pie.

    - Para mis amigos de la policía. Imagino que estarán rabiando por no poder localizarme. No se preocupen, estoy en uno de los edificios del Rockefeller Center de Nueva York. Y si no me creen, solamente tienen que acudir a donde se estampe este amigo mio.

Y sin más dilación rompió la ventana y tiró a su "amigo". A continuación se asomó y tras unos segundos se giró. Empezó a reírse mientras comentaba como había "aterrizado" su victima.

     - Eso es todo por ahora. Ya les mandaré mis exigencias a los correspondientes mandatarios. Y como dicen mis buenos vecinos: "á hui hou aku".

Se acercó a la cámara y la apagó. A continuación se quitó la máscara y Liudmila la guardó en su bolso. Jack se acercó a una mesa y luego a mi. Se inclinó y me puso un cuchillo en la mano.

    - No tienes mucho tiempo. La policía está a punto de venir. Si logras escapar, búscame. Creo que te he dejado una buena pista con esa despedida. Y si no te acuerdas, visita Youtube, seguro que voy a ser la sensación del momento. Bueno, tu vas a ser la sensación del momento. Nos vemos Axel.

Y me dejó allí, intentando liberarme, mientras podía oír las sirenas de ambulancias, bomberos y policía en la calle, atendiendo a los heridos y cercando la zona para detenerme.

jueves, 29 de agosto de 2013

Capitulo 13: Una de cal, y otra de arena

Horas más tarde del incidente de Irlanda, regresé a la sede de la agencia. Tuve que dar muchas explicaciones de cómo "Shadows" nos había conseguido seguir y eludir, de como era su aspecto físico y de varias preguntas más que me realizaron mis compañeros. Cuando creí que ya no tendría que dar más explicaciones, la agente Moretti me dijo que nuestra directora me esperaba en su despacho. Antes de entrar en él, me tomé unos segundos y llamé a la puerta.

    - Adelante, - dijo ella desde el interior.

Abrí lentamente la puerta y entré. El despacho era bastante grande, con algunas estanterías a un lado, un gran escritorio al fondo, un sofá junto a las estanterías y un televisor gigantesco justo enfrente. Encima del escritorio había un montón de carpetas con información de algunos casos que se estaban investigando. También había una pantalla de ordenador, un teléfono y una maceta en un rincón con unas hermosas y grandes orquídeas moradas. Mi jefa permaneció sin girar su enorme silla de despacho, dándome la espalda cuando entré y tomé asiento.

    - ¿Quería verme?
    - Si no fuese así, no estaría aquí, señor Beltrán, - sentenció. - Su equipo es de los mejores. No son el número uno pero usted ya me entiende. Sin embargo usted ha dejado escapar a un criminal buscado por varios países asiáticos y europeos. Es más, me atrevería a decir que los ha dejado en ridículo a usted y su equipo. ¿Cómo es eso posible?
    - Llevaba granadas y explosivos dentro de su chaqueta. Había muchas vidas en juego y...
    - ¿Le importaría leer el primer folio de este archivo? - me interrumpió girándose y señalando una de las carpetas del escritorio. - ¿Ve por algún lado el empleo o tráfico de explosivos? ¿O el de asesinato?
    - No señora, - dije algo abrumado. - Pero no sabía nada de esto. ¿Insinúa que eran falsos?
    - Probablemente. La próxima vez no se conforme sólo con lo que le digan, investigue un poco más a sus objetivos. Puede marcharse.

Me quedé algo avergonzado por aquel fallo. A pesar de ello habíamos logrado algo muy importante, ponerle rostro a "Shadows". Me despedí de mis compañeros y nos repartimos el contenido de las cajas de seguridad que habíamos obtenido, quedándose Dom los discos duros y el resto con las carpetas.
Llegué a casa exhausto. Diana no estaba y Nicky se encargó de darme la bienvenida. Me dirigí a la nevera, cogí una cerveza y me dirigí al sofá del salón para desconectar un rato y relajarme. Horas más tarde llegó Diana.

    - Hola, - la saludé desde el sofá.
    - ¿Ya estas aquí? - Dijo con sorpresa y alegría, corriendo hacía el salón.
    - Sí.
    - ¿Fue mal la reunión cielo? - me preguntó acurrucándose a mi lado y apoyando su cabeza en mi pecho.
    - ¿Cómo sabes eso?
    - Llevamos mucho tiempo juntos. Se cuando tienes un mal día tonto.
    - La verdad es que no salió como esperábamos. Me he llevado un tirón de orejas por parte de mi jefa.
    - ¿Has perdido al cliente?
    - No del todo. ¿Has preparado algo para cenar?
    - No. ¿Pedimos un pizza?
    - Y por estas cosas eres la mejor, - le dije abrazándola y besándole la cabeza.

Los siguientes días los pasé revisando los papeles de la carpeta que me llevé a casa. Todos ellos eran informes de compra de propiedades realizados con diferentes nombres. Aparecían muchas empresas que no me sonaban, pero hubo una en concreto que llamó mi atención.
Más tarde llamé a Samantha, Dom y Roberto por Skype para poner en común nuestros progresos. Roberto y Samantha tenían información parecida a la mía sobre varias empresas y personas, y Dom nos dio algo que nos facilitaría bastante las cosas: había conseguido descifrar los datos encriptados de los discos duros, descubriendo que se trataban de transferencias de dinero entre Mónaco, Liechtenstein, Gibraltar, Andorra y Malta. Decidimos investigar las empresas que tuviesen relación con esos paraísos fiscales. Seguimos hablando y me ofrecí para ir a Gibraltar, pues la empresa que me llamó la atención, "El Velero", estaba en Sotogrande, muy cerca de la colonia inglesa.
Al día siguiente, esperé a Dom junto al estadio de fútbol de la ciudad. Dom se había ofrecido para prestarme su moto comenté que el tráfico en la frontera entre Gibraltar y España era un autentico infierno. Dom siempre andaba presumiendo de su moto, y no era para menos. Se trataba de una Ducati Monster 796, una moto, para mi gusto, exquisita. Tras realizar el intercambio, Dom se hospedó en un hotel cercano y yo puse rumbo hacia Sotogrande, en Cádiz.
El viaje fue bastante agradable, y no me encontré mucho tráfico. Cuando llegué a la altura de Torremolinos, salí de la autovía y me dirigí hacia la costa. Una vez allí seguí todo recto, disfrutando de la conducción, de las curvas, y del mar que se extendía a mi izquierda. Atravesé muchos municipios y urbanizaciones costeras, pero finalmente llegué a Sotogrande. No tenía ni idea de donde se encontraba ubicada la empresa, pero no me hacía falta. Me dirigí hacia el puerto deportivo y entré en una calle que tenía un pequeño puente. Cuando llegué al final de la calle, aparqué la moto y llamé a una de las casas.

    - ¿Sí? - Preguntó una voz femenina.
    - Abre fea, - respondí bromeando.
    - ¿Axel? Espera un segundo.

La puerta de la calle se abrió y entré en el jardín. Todo seguía tal y como lo recordaba: la piscina, los muebles del jardín, los perros ladrando dentro de la casa. La puerta principal se abrió y la mujer del portero automático salió a recibirme.

    - ¿Se puede saber que haces aquí? - Dijo con una gran sonrisa mientras se acercaba a abrazarme.
    - ¿Es qué no le puedo hacer una visita sorpresa a mi prima favorita?
    - Digamos que no es propio de ti. ¿Y ese casco?
    - Un amigo me ha prestado su moto.
    - Pasa hombre. ¿Te preparo algo?
    - Lo que quieras.

Pasamos al salón de la casa. Todo era muy moderno y elegante. Sus dos perros correteaban de un lado a otro, a veces ignorándonos y otras veces intentando llamar nuestra atención.

    - ¿Cómo está Diana?
    - Bastante bien la verdad. ¿Y Carlos?
    - Ya le conoces, trabajando en su bar.
    - Siloé, ¿como va tu negocio?
    - Bastante bien la verdad. ¿Por qué lo dices?
    - Hace un par de años te llegó un pedido de un tal Mike O'Donnell. Me gustaría saber que compró.
    - Pues ahora mismo no caigo. ¿Y tú como sabes eso?

Sabía que aquel momento llegaría tarde o temprano. Suspiré y saqué mi placa del S.I.D.. Acto seguido le conté la verdad a Siloé y le pedí que no se lo dijese a nadie.

    - Vaya, - dijo mientras asimilaba lo que le acababa de desvelar. - Eso explica muchas cosas. Espera aquí mientras traigo el portátil.
    - Vale.

No tardó mucho en regresar con el ordenador. Lo encendió y abrió la carpeta en donde guardaba la contabilidad de la empresa. Revisamos varias paginas de cuentas hasta que llegamos a la que me interesaba. Al parecer alguien de la organización de "Shadows" había comprado un par de yates, uno chico y otro grande.

    - Espera un segundo, - dijo mi prima. - Ese barco, el pequeño. Muchas veces me lo encuentro atracado cerca del mio.
    - ¿Del grande no sabes nada?
    - No. Cuando lo vendí no supe nada más de él.
    - ¿Sabes si el dueño vive aquí?
    - No vive aquí. Solamente atraca el barco, pero para no pagar impuestos de ninguna clase registró el barco y el amarre en Gibraltar, como muchos de aquí. ¿Por qué no te acercas al bar y le preguntas a Carlos? Puede que sepa algo más. Ya sabes, en un bar se dicen muchas cosas.
    - No es mala idea. A ver cuando te pasas por Granada. Que tenemos ganas de verte otra vez.
    - Vale, a ver cuando tengo un hueco. Lo mismo te digo a ti. Ten cuidado, ¿vale?
    - No te preocupes por eso.
    - ¿Diana sabe lo de tu trabajo?
    - No. Estoy esperando el momento adecuado.

Nos despedimos y puse rumbo al bar de Carlos, que estaba situado a unos pocos metros. Carlos se alegró de verme y me invitó a una cerveza. Le pregunté si sabía algo acerca de los que evadían impuestos y me dio el nombre de un abogado que ayudaba a la gran mayoría de los que lo hacían allí: Aitor Rodriguez. Hablamos un poco sobre nuestras vidas y nos despedimos. Antes de irme, busqué con mi móvil al tal Aitor. Indagué un poco en Facebook hasta que lo encontré: Aitor Rodriguez, afamado abogado residente en Gibraltar, lo que me daba la posibilidad de matar dos pájaros de un tiro. Es increíble, pero hoy en día mucha gente publica muchos datos personales en las redes sociales, sin ser conscientes de lo que puede llegar a pasar.
No tarde mucho en llegar a Gibraltar. Hacía tiempo que no visitaba la ciudad, pero esta vez no era para hacer turismo. Atravesé la pista del aeropuerto y paré a repostar en la primera gasolinera que había. Cuando terminé, revisé los datos del perfil de Aitor, memorizando la dirección de su oficina. Me dirigí hacia King's Bastion, aparcando cerca de la puerta principal. Subí las escaleras que estaban detrás del ayuntamiento de la ciudad y llegué a Main Street. Como de costumbre la calle estaba abarrotada de personas. No fue fácil, pero tras recorrer la calle dos veces, logré encontrar el despacho de Aitor. Por desgracia, como eran casi las siete de la tarde, solamente me encontré con su secretaria, quien me dio la dirección de su jefe. Tuve que rodear el peñón por su cara norte, llegando así a Catalan Bay. Aparqué la moto enfrente de la casa de Aitor y tras revisar que no había nadie observando, me colé en la casa del abogado, quien estaba en su salón cuando entré.

    - ¿Quién es usted? ¿Qué quiere? - Preguntó asustado y nervioso.
    - Tranquilo. Soy Alejandro. De momento no ha de preocuparse.
    - Si no sale de mi casa llamaré a la policía.
    - Vera, yo mismo soy como una especie de policía. Quiero que me hable de un par de cosas relacionadas con la evasión fiscal de algunos de sus clientes.
    - Yo no he hecho nada de eso.
    - Tranquilo, no vengo a por usted. Me interesa una persona en concreto.
    - ¿Sólo eso?
    - Sí. En cuanto me responda a unas preguntas sobre él me largo de su casa. Hableme sobre Mike O'Donnell.
    - Me encantaría ayudarle, pero me temo que no puedo hablarle sobre ese cliente en concreto Alejandro.
    - ¿Por qué?
    - Pues porque si no tendríamos que matarle, - respondió de la nada una voz femenina a mis espaldas.

Me giré y justamente por donde yo había entrado había una mujer de pie, acompañada por dos hombres que llevaban unos subfusiles.

    - ¿Se puede saber quién es este tío Aitor? - Preguntó ella.
    - Dice que se llama Alejandro y es policía o algo así.
    - ¿A sí? - dijo ella mirándome con interés. - ¿Sabes? Te pareces mucho a otro policía que me describió mi novio, - continuó ella dirigiéndose a mi. - ¿No serás por casualidad "ojos verdes"?
    - ¿Eres la novia de "Shadows"?
    - Sí. Me llamo Liudmila. Y tu debes de ser su nuevo amiguito. Toma asiento anda.

No me quedó otra que hacerle caso para que los dos tipos de los subfusiles me dejasen de apuntar.

    - ¿Con que quieres saber un par de cosas? ¿Por qué no lo hacemos más interesante? Aitor, trae una baraja para jugar al poker. Y que sea rapidito.
    - ¿Poker? - Pregunté mientras Aitor se retiró para buscar una baraja. - No tengo tiempo para eso.
    - Me temo que no tienes elección. Por favor, pon tu pistola sobre la mesa, - me ordenó con una sonrisa.

Aitor regresó al cabo de unos minutos de un intenso silencio con la baraja en la mano. Mientras uno de los acompañantes de Liudmila barajaba y nos repartía cartas, el otro no paraba de apuntarme con su arma.

    - Vamos a jugar al Holdem Texas, - dijo Liudmila. - Pero no apostaremos dinero. Tu ya sabes como va esto Aitor. Una victoria, una respuesta.

Aitor la miró con cara de preocupación durante unos segundos y luego centró su mirada en sus cartas. No le dí mucha importancia al comentario y me centré en jugar mientras intentaba planear algo. Me tocó un "K,9", una buena forma de comenzar. Como no había apuestas, el improvisado crupier fue poniendo cartas sobre la mesa. Cuando terminó de repartir nos tocó enseñar las cartas. Liudmila ganó con un "full", yo obtuve un trío de nueves, y Aitor perdió con una simple pareja de cincos. Entonces, sin previo aviso, Liudmila cogió mi pistola y mató de un tiro a Aitor, cuyo rostro reflejaba el horror cuando la bala le atravesó la cabeza.

    - Pero que tonta soy, - dijo ella con el arma aún en su mano. - No te expliqué todas las normas. Quien gana hace una pregunta sobre lo que quiera a otro jugador y quien pierde, bueno, ya has visto lo que le pasa. ¿Por qué quieres arrestar a mi Jack?
    - Tu Jack esta acusado de varios delitos y debe pagar por ellos.
    - ¿No me vas a decir nada más?
    - ¿Te recuerdo tus normas?, - dije fríamente mirándole a los ojos. - Una pregunta por victoria.
    - Muy bien. John, únete a nosotros y deja de apuntar a Alejandro por favor. ¿Donde están tus modales?

Volvimos a jugar. Esta vez gané yo y el esbirro de Liudmila perdió. No pensaba matarle, pero antes de poder hacer nada, Liudmila apretó el gatillo impasible, liquidando a John.

    - No me mires así, - dijo ella con una sonrisa picara. - No lo ibas a matar, y a mi no me gusta hacer trampas en los juegos. Pregunta lo que quieras.
    - Muy bien, - dije casi suspirando, intentando relajarme. - Se lo de los barcos que comprasteis, y que uno de ellos lo atracáis en Sotogrande. Se que os las apañáis para transferir dinero de un sitio a otro sin problemas y recogerlo sin dejar pistas.
    - ¿Entonces qué quieres saber?
    - ¿Qué es lo que esta preparando "Shadows" para necesitar esconderse durante años?
    - Para empezar, su nombre es Jack, lo dije antes. Y respondiéndote, en unas horas lo sabrás. Ten paciencia.

En ese momento se escucharon las sirenas de lo que parecían ser coches de policía y Liudmila no pudo evitar mirar hacia la puerta. Aprovechando su descuido, me abalancé sobre ella, tirándola de su silla. Antes de que el esbirro restante reaccionara, giré hasta situar a Liudmila encima mía, a modo de escudo humano. Forcejee un poco más con ella hasta que conseguí arrebatarle mi pistola. Fue entonces cuando la policía gibraltareña entró en la casa. Liudmila se levantó y empezó a gritar que yo era un ladrón que había matado a su amigo y a uno de mis compinches tras una discusión. Fue un movimiento bastante inteligente por su parte, pues balística podría demostrar más tarde que las balas disparadas pertenecían a mi pistola. Mientras intentaba pensar en algo, la pareja de policías que había allí no paraba de repetirme que soltase la pistola.
Dada mi situación no me quedó otra que fingir que me entregaba. Dejé a un lado el arma, me incorporé muy despacio y me puse de rodillas, con las manos sobre la cabeza. Cuando uno de los policías fue a esposarme, le golpeé y con un movimiento rápido le quité su arma y lo utilicé como escudo humano. Por desgracia el otro agente pidió refuerzos en cuanto vio a su compañero contra las cuerdas. Justo cuando lo estaba haciendo, Liudmila se sacó un cuchillo que escondía en sus vaqueros y apuñaló al policía. Por otro lado su "guardaespaldas" cogió de nuevo su subfusil y cosió a tiros a mi rehén. No tuve más remedio que ponerme a disparar hasta que no oí más disparos del arma de mi adversario, que calló abatido al suelo. Solté el cadáver del policía que me había protegido de las balas y miré a mi alrededor para descubrir que Liudmila había escapado.
Rápidamente me dirigí hacia la moto, pero cuando me disponía a huir hacia la frontera, me percaté de que varios coches patrulla se dirigían hacia a mi, impidiéndome ir en esa dirección. Mi única salida era recorrer el resto de la calle y confiar en que tuviese salida. Jamás había estado en aquella parte de Gibraltar y no estaba seguro de si tomando aquella dirección podría dar la vuelta al peñón. A pesar de tener mis dudas salí casi derrapando del aparcamiento, con la policía siguiéndome de cerca. La calle circulaba separando el mar y el peñón. El atardecer le daba un color anaranjado al cielo y el mar brillaba reflejando su luz.
Creí que la calle no tendría salida y tendría que dar la vuelta, hasta que un túnel apareció tras una curva. Era muy estrecho, no muy alto y esta muy mal iluminado. Las oscuras paredes se tiñeron de azul debido a las sirenas de los coche patrulla.  Al final del túnel había una curva muy cerrada antes de la salida que me obligó a frenar bruscamente, lo ocasionó que uno de los coches que me perseguían casi se empotrase contra la rueda trasera de la moto. Nuevamente el mar se extendía a mi izquierda y el peñón a mi derecha.
Descendí a todo gas la calle que había a la salida del túnel. Al final de calle pude ver a la izquierda el famoso faro de Punta Europa, con África de fondo. Llegué a la altura de una mezquita, pero el camino se dividía en dos. El problema era que no sabía cual escoger. Si escogía la izquierda iría hacia el faro, y eso daría lugar a tener que callejear por calles que desconocía. En cambio, el camino de la derecha se dirigía hacia el interior de la ciudad. Me fié de mi orientación y me decanté finalmente por esta segunda opción. La policía me seguía muy de cerca y yo seguía sin reconocer nada a mi alrededor, hasta que vi sobre mi cabeza una cabina del telesilla. Aquello me devolvió la confianza que necesitaba, ya que por fin volvía a jugar en terreno conocido.
Cuando alcancé "Trafalgar Cementery" observé que la policía había bloqueado el camino para arrinconarme. Tanto en la rotonda de la izquierda como en los arcos de la muralla de enfrente estaban custodiados por los agentes; todos excepto el arco peatonal. Subí a la acera y continué mi camino por "Main Street", proporcionándome una vía rápida hacia la frontera. Como eran más de las siete y media de la tarde, no había apenas gente ya que los comercios habían cerrado hace rato. La policía no se echó atrás y en un abrir y cerrar de ojos me alcanzó. Hubo momentos en los que casi me caí de la moto, ya fuese por el resbaladizo suelo o por las embestidas que me proporcionó mi perseguidor, pero me las arreglé para llegar a "Casemates Square". Conseguí zafarme de la policía cuando atravesé el "Landport tunenel", que tenía unas vallas que impedían el paso de los coches.
Alcancé la pista del aeropuerto justo cuando acababan de bajar las barreras, indicando que un avión iba a atravesar la pista. En aquellos momentos no podía permitirme el lujo de respetar la barrera, así que invadí el carril contrario y me adentré en la pista. Por mi derecha un avión de la "British Airways" se disponía a aterrizar. La moto iba acelerando poco poco, pero el avión no frenaba ni levantaba el vuelo. Logré cruzar antes de que me arrollase el avión, haciendo que la moto se tambalease un poco al pasar este a mis espaldas. Sin reducir apenas, atravesé la frontera saltándome los controles de seguridad y llegué a suelo español. La policía española no se lo esperaba y cuando salí no me encontré con ningún coche patrulla. Sin pararme a que la policía gibraltareña diese explicaciones o a que la española reaccionase, puse rumbo hacia las playas de levante. No me detuve hasta que no llegué a la urbanización de Santa Margarita. Aparqué en una de las calles, baje de la moto y me senté en la acera.
No sé cuanto tiempo estuve allí sentado, con el casco aún puesto y la cabeza agachada, recuperándome de todo lo que acababa de ocurrir: Liudmila, el tiroteo de la casa, la persecución. Todo me daba vueltas en la cabeza hasta que mi móvil empezó a sonar.

    - ¿Diga? - Pregunté sin mirar quien me llamaba.
    - Axel, soy Siloé.
    - ¿Llamas por lo de Gibraltar?
    - No, aunque supongo por tu tono de voz que lo veré en las noticias.
    - Pues sí. Seguramente me califiquen de demente o algo así.
    - ¿Cómo? Bueno, da igual. Axel, escucha, - dijo seriamente. - Ven a mi casa lo más rápidamente que puedas.
    - ¿Qué ocurre?
    - ¿Te acuerdas el barco que te dije que era del tal Mike? Pues una rubia ha llegado, lo ha desarramado y antes de irse a puesto una boya con un cartel que pone "para Alejandro ojos verdes".
    - Vale. No la cojas por nada del mundo. Podría ser...
    - Tarde, - me interrumpió. - Hay un CD dentro de una caja de plástico.
    - Pues esta vez ni se te ocurra verlo ni nada por el estilo. Ya voy para tu casa.

Colgué el teléfono y me dirigí a casa de Siloé. No permanecí mucho tiempo en allí. Únicamente paré a recoger el CD, hablé un poco con ella para explicarle lo sucedido y me largué de nuevo hacia Granada. Cuando llegué a la ciudad me dirigí a la habitación del hotel en la que Dom se encontraba hospedado.

    - ¿Se puede saber qué ha pasado? - Me preguntó cuando entré en su habitación. - Sales en casi todos los informativos. Por lo menos nadie sabe quien eres, Pero sabrán quien soy yo por la matricula.
    - Cálmate. Parece mentira que no me conozcas. Paré en un área de servicio esta mañana y la cambié por una falsa de las mías. Puedes estar tranquilo.
    - Vale, vale. Pero al menos dime que ha ocurrido.
    - Estaba interrogando a un abogado que trabajó para "Shadows" cuando su novia apareció de la nada.
    - ¿La novia del abogado o la de "Shadows"?
    - La de "Shadows", que por lo visto en realidad se llama Jack.
    - ¿Y ella es la que empezó el tiroteo?
    - Sí. Y antes de huir, dejó esto para mi.
    - ¿Lo has visto ya?
    - No. Deberíamos verlo antes de enseñarlo en la agencia. Espero que valga la pena.

Dom fue a por su portátil, con el cuál viajaba siempre, y lo conecto a la tele de la habitación mediante un cable HDMI. Pusimos el CD y cuando el ordenador lo leyó, empezó a reproducirlo. En el televisor apareció Jack, sonriente y mirando fijamente a cámara. A continuación empezó a hablar.

"Hola. Me llamo Jack Hoffman, aunque muchos me conoceréis por el nombre de 'Shadows'. Presten mucha atención a lo que les digo porque escojo las palabras cuidadosamente y nos las pienso repetir. Ustedes, si son buenos en su trabajo, se habrán  hecho determinadas preguntas sobre lo que estoy haciendo y sobre lo que me traigo entre manos. Pues bien, me gustaría ayudarles un poco.
 Ya les he dicho mi nombre, eso les da el quién. El dónde corresponde a Moscú, Nueva York, Londres, Mónaco, Colonia,  San Francisco y Roma. El qué es fácil. 
Digamos que me gustaría hacer alguna que otra remodelación y una fiesta para unas personillas algo importantes. El cuando sería dentro de tres semanas. El por qué, aparte de la motivación económica, es así de simple, porque puedo. 
Todo esto nos deja el cómo, y señores, he ahí la cuestión. 
¿Cómo me las arreglaré para hacer todo esto delante de sus narices?"